Posteado el 24 enero, 2018 Por en Críticas con 166 Visitas

120 pulsaciones por minuto

120 PULSACIONES POR MINUTO (“120 battements par minute”), de Robin Campillo. 2017.

La lucha activista

Robin Campillo, co-guionista junto a Laurent Cantet de la premiada La clase (2008), firma este ambicioso proyecto que se centra principalmente en la lucha activista de Act Up París, una asociación creada para defender los derechos de los enfermos de sida a principios de los años 90. El grupo se enfrenta a través de sonadas manifestaciones contra el gobierno francés de François Miterrand y las farmacéuticas que pretenden restringir el acceso de los medicamentos a los enfermos que mueren a diario en condiciones terribles. El propio director perteneció a la asociación, participando de algunas acciones que son escenificadas en la película como el primer die-in, protesta que consisitía en simular cuerpos muertos sobre la calzada.

El guion está escrito a cuatro manos entre el propio Campillo y Phillippe Mangeot, quien también formó parte del grupo activista. Juntos afrontan un tema aparentemente lejano a nuestra realidad actual, pero el tratamiento del film deja patente que aún está presente en nuestros días, siendo ahora el principal problema que prácticamente hayan desaparecido las políticas de prevención. La película se mueve desde el movimiento colectivo, con numerosos debates repletos de diálogos muy trabajados, a la relación amorosa de dos de sus miembros, la pareja protagonista formada por Sean (Nahuel Pérez Biscayart) y Nathan (Arnaud Valois), que pondrá la rúbrica final con una escena que pone los pelos de punta y da sentido a toda la historia.

La lucha encarnizada que retrata Campillo deja patente la defenestración sufrida por el colectivo homosexual a manos de una gran parte de la sociedad. Su miedo a la muerte fue lo que les dio el empuje necesario para manifestarse con la rabia que empapa el film. El acercamiento del realizador tiene en ocasiones una visión documentalista, aunque en ningún momento se elude la gran carga emotiva que encierra la realidad de los jóvenes protagonistas. El montaje contribuye a dotar al film de una perspectiva muy personal, dando la sensación que estamos ante distintos bloques que se enlazan a través de cuidadas transiciones. Éstas se construyen mediante imágenes que apelan a los sentidos, desde escenas musicales en una pista de baile al proceso de constitución del virus del sida.

Si bien el film se atasca por momentos debido a las redundantes asambleas, necesarias, por otra parte, para expresar los matices y las contradicciones que encierran sus debates, el contenido ideológico y la potente historia de amor que vertebra el conjunto hacen de 120 pulsaciones por minuto una propuesta muy personal que consigue conmover y remover conciencias. Una propuesta que, gracias a un equilibrado tono entre lo colectivo y lo personal, pretende ir más lejos que otras películas que también trataban los estragos del sida como Philadelphia (Jonathan Demme, 1993), Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013) o la televisiva The normal heart (Ryan Murphy, 2014).

Tags : , , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *