Posteado el 6 diciembre, 2017 Por en Críticas con 26 Visitas

Blade Runner 2049

BLADE RUNNER 2049, de Denis Villeneuve. 2017.

Mucho hemos esperado la secuela de la película de culto que cambió el rumbo de la ciencia ficción, Blade Runner (Ridley Scott, 1982), cinta en la que se planteaban grandes debates acerca de la humanidad. Ahora la acción se sitúa treinta años después de los hechos de la cinta de Scott, en un Los Angeles -y alrededores- apocalíptico y donde el agente K (Ryan Gosling) toma el relevo de Rick Deckard (Harrison Ford), en la piel de un blade runner que se dedica a “retirar” replicantes rebeldes. En su misión descubre un secreto que puede cambiar el rumbo de la humanidad. ¿Le hace justicia esta entrega a la mítica película de los ochenta?

Blade Runner destilaba un lirismo embriagador que la hacía irresistible, un elemento difícil de emular. Denis Villeneuve, uno de los directores mejor considerados del último lustro por trabajos como Prisioneros (2013), Enemy (2013) o Sicario (2015), debe compensar este handicap con una elegancia formal encomiable, en lo que podríamos denominar nuevamente un “blockbuster de autor”. Para ello, el realizador canadiense pretende ser original al espíritu de la primera película con una estética que pertenece al film noir. El diseño de producción de Dennis Gassner es deslumbrante, al igual que la fotografía de Roger Deakins, que juega con una luz crepuscular, de un color dorado casi quemado, al que Villeneuve le quiere otorgar una connotación casi mitológica. Técnicamente la película es un festín, al igual que la música de Hans Zimmer, que hace honores a la excelente composición de Vangelis para la primera entrega.

Sin embargo, el problema fundamental de Blade Runner 2049 es que a la película le falta alma. Técnicamente es perfecta, pero peca de ser demasiado solemne y no consigue despertar empatía ni un identificación emocional en el espectador. Ryan Gosling confirma en este film su prácticamente nula capacidad expresiva, y el espectador espera la aparición de Harrison Ford para que se suba el listón, gracias a su imperecedero carisma, en su corta pero decisiva intervención. La replicante de turno, la holandesa Sylvia Hoeks, está correcta, pero cualquier comparación con Roy Batty (Rutger Hauer) o alguno de sus secuaces (Pris, Leon o Zhora) es simplemente molesta. Y es que los replicantes de Blade Runner eran tan humanos…

Peor parado sale Jared Leto en el papel de Nander Wallace, un magnate que es una suerte de doctor Frankenstein ciego que ha comprado las patentes de la corporación Tyrell después de que ésta quebrase. Wallace ha hecho su fortuna proporcionando alimentos sintéticos a la población, hasta que fue imposible cultivar al aire libre por culpa de la contaminación nuclear. Posteriormente, se ha dedicado a la producción de replicantes de última generación. En sus descafeinadas apariciones el personaje se pierde en vagas reflexiones sobre la relación entre humanos creadores y robots artificiales -que al fin y al cabo es la esencia de la adaptación de la novela de Philip K. Dick, Sueñan los androides con ovejas eléctricas, a la gran pantalla-.

Y es que aunque el guion cuente nuevamente con el artífice de esa adaptación, el poco prolífico Hampton Fancher -una de las razones por las que a priori cabía confiar en esta secuela-, la película se pierde en subtramas como la relación de K con Jai (Ana de Armas), una fallida prolongación -en forma de holograma- del fantástico papel de Sean Young. La sensación generalizada es que en el proceso de montaje se debería haber dado tijeretazo a parte del metraje, pero al no tener nada especialmente sustancioso -lo más reseñable es la búsqueda de Rick Deckard y la sempiterna ambigüedad de si éste, y ahora K, son en realidad replicantes- la versión final tiene unos largos 163 minutos. Y es que hasta la resolución final, la lucha en la nave anegada de agua, resulta muy descafeinada, si tenemos en cuenta que estamos ante uno de los proyectos más importantes de los últimos años.

Se agradecen algunos guiños como el cameo de Edward James Olmos como Gaff, pero en resumidas cuentas, la fuerza de este Blade Runner 2049, a la que se le haría un favor si se la analizara como una nueva película de Villeneuve en lugar de una secuela, radica únicamente en el poder de sus imágenes. Unas imágenes que sirven para ilustrar un relato de ciencia ficción interesado en hablar de temas del presente -la memoria y la discusión de si los recuerdos son los que nos hacen humanos- desde planteamientos futuros, y que también juega con otros géneros como el policial al desarrollar la búsqueda del agente retirado Deckard.  Irregular.

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