Posteado el 20 junio, 2017 Por en Series con 325 Visitas

Bosch

Aprovecho la ventura de la suscripción a Amazon Premium para continuar desgranando las series de su catálogo de Prime Video, un canal que hay que empezar a tener seriamente en cuenta.

En esta ocasión quiero escribir sobre Bosch, protagonizada por Titus Welliver -un secundario de lujo visto en las pelis de Ben Affleck-, una serie del noir policíaco de LA.

Tenía ganas de un buen TV show de polis. Detectives insomnes -noches eternas-, casos larguísimos con pistas falsas y giros inesperados, asesinos en serie. Y Bosch, excepto por lo de los giros inesperados, contiene todos y cada uno de los ingredientes que la hacen así de apetecible, aunque con matices.

Basada en las novelas de Michael Connelly, afamado autor de literatura policíaca, la serie narra las andanzas de Harry Bosch, un trasnochado detective de homicidios de la zona de Hollywood. Y uno se imagina, aquí, una especie de revisión de la trilogía callejera de Scorsese*, un vivir constantemente entre los efluvios de la noche, tan inagotable como los personajes que la circundan, pero no; el mundo se incrusta en una pequeña comisaría de apenas cuatro detectives -todos ellos de más de 50 años-, un policía de guardia y una teniente fiel. El mundo, la noche, los casos que tratan de resolver… todo ocurre en la pesadez de un espacio limitado, en la lentitud de un crepúsculo vital encarnado por la mirada triste de Bosch y una ciudad condenada a vivir en su propia perdición.

Harry Bosch es tan estricto y serio que carecería de todo interés si no fuera por el trauma interno de la muerte de su madre, tema recurrente en las tres temporadas, y su infancia vivida entre casas de acogida para huérfanos. Tiene una ex mujer que pasa desapercibida (Sarah Clarke), una hija adolescente de lo más remilgada (Madison Lintz) y un casoplón en las colinas de Hollywood.** Su compañero, Jamie Hector (The Wire), vive atenazado por su temperamento; tiene un par de relaciones amorosas que, cuando se acaban, le dejan la misma huella que una gota de agua en un estanque. Es, en resumen, un autómata haciendo su trabajo, un auténtico superviviente. Y ahí radica su peculiaridad: en la normalidad de una existencia sin aspavientos.

Jamie Hector es Jerry Edgar, como decía, el compañero de Bosch. Y desaprovechado, desaprovechada cicatriz, debo añadir; se hacen larguísimos los episodios en que esperas que llegue su momento y, cuando por fin llega, parece un corderito enjaulado en espera de lo inevitable. Con todo, su personaje carece de la profundidad del Marlo Stanfield de The Wire, referencia ineludible. Su mirada es tan inexpresiva que hasta sufres por él, por si lo estará pasando mal rodando semejante mierda.

Lance Reddick es, como no, el jefe de policía superior, el que confronta la realidad callejera del día a día con los mamoneos políticos. Anclado en su papel de chief (The Wire, Fringe), uno ya no sabe a qué atenerse cuando le ve en pantalla, ya que su gesto apenas varía (inclusive cuando tenga que enfrentarse a dilemas personales capitales).

El problema de los personajes de esta serie, yendo un poco más allá, es que todos parecen secundarios. Es como si ninguno quisiera aceptar un rol protagonista, y a fe que es en esa futilidad donde mejor se desenvuelven las tramas argumentales -incluso las más obvias. Casi hasta molesta cuando los casos se resuelven, evidentemente sin el ansia de esperar hasta el último suspiro del último capítulo. Bosch, la serie, no tiene ninguna prisa, pegar un tiro es un extra que supone montones de papeleo y una insoportable burocracia. En Los Angeles -y por ende en el mundo entero-, la sensación es de que cualquiera podría ser un asesino en serie y de que, por tanto, cruzarse con un espécimen así puede llegar a ser mucho más que una casualidad certera (vean el caso del asesino de la bicicleta de la tercera temporada) y asumible.

Una cosa que no me gusta es el tratamiento del Bosch detective como un ente famoso en la ciudad, como una celebrity. No se ajusta al ambiente predominante, de sobriedad; no encaja que un policía, por muy galardonado que sea, salga en prensa y esté sistemáticamente en tela de juicio. Para el ridículo y regocijo general quedará la escena de su hija haciendo una peineta a las cámaras y soltando un “tweet this”…

Un acierto de la serie es, en contradicción precisamente con esto último, el poco enaltecimiento del teóricamente entorno de ensueño americano. Hollywood, Mulholland, Santa Mónica, Vegas… son solo lugares en los que la gente vive. No hay encanto donde la vida pesa tanto como un día de verano de calor sofocante. De la misma manera, son frecuentes las escenas en que Bosch otea el horizonte luminoso y vasto de la urbe desde su casa como pensando “esto es tan grande y yo soy tan pequeño que mejor será tomárselo con calma“…

Bosch es una serie hipnótica, pero no de la manera adictiva según los shows de hoy -los imposibles giros argumentales que comentaba al principio-, no; sus armas son otras, cocidas a fuego lento. Y, de vez en cuando, se agradece un mundo desmitificado y sin grandes dramas.

* Malas Calles, Taxi Driver y Al Límite (la de las ambulancias con Nicolas Cage), o las calles de NY según Martin Scorsese.

** Fruto de la venta de los derechos de uno de sus casos a una productora de Hollywood, que hizo una película al respecto (denostada por Bosch con ese hastío típico suyo), algo que, por cierto, tampoco suena muy creíble…

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