Posteado el 9 diciembre, 2017 Por en Críticas con 46 Visitas

Coco

COCO, de Lee Unkrich y Adrián Molina. 2017.

Una desdramatización del papel de la muerte a través de un canto de amor a México

Después de los últimos tropiezos, Pixar vuelve a la carga con su última aventura animada. Dirigida por Lee Unkrich (Toy Story 3, 2010), Coco es un viaje que nos lleva más allá de la Tierra de los Muertos de la cultura mexicana. Miguel, el niño protagonista de la historia, quiere ser músico a toda costa, emulando al gran Ernesto de la Cruz, una leyenda musical mexicana que alimentó su mito después de ser aplastado por una campana. Sin embargo, la familia de Miguel le prohíbe todo tipo de acercamiento a la música, ya que su tatarabuela, Mamá Imelda, fue abandonada por un músico que la dejó sola al cargo de su pequeña hija Coco, bisabuela de Miguel, quien todavía vive a su avanzada edad.

La película es un canto de amor a la cultura mexicana en un momento muy oportuno debido a toda la problemática acaecida con la administración Trump; un acercamiento con cariño y admiración a las tradiciones de una cultura foránea con unas señas de identidad muy marcadas. El codirector del film, Adrián Molina, de origen latino, acabó de ultimar los detalles de la trama para ajustarlo lo mejor posible al folclore mexicano, y ello permite que disfrutemos de la puntual presencia de grandes personalidades como Frida Kahlo, Cantinflas o El Santo.

Miguel persigue su deseo de ser cantante a través de la Tierra de los Muertos, donde coincidirá con algunos de sus ancestros, también empeñados en que abandone el camino de la música, desterrada igualmente de su entorno. En este contexto conocerá a Héctor, que le enseñará los entresijos del fascinante más allá, al que ha llegado siguiendo el camino de pétalos naranjas formado por los familiares vivos. En este mundo se reflexionará sobre los recuerdos y el olvido, de forma especial a través de un personaje que está a punto de desaparecer porque nadie lo recuerda.

La película introduce con mucha naturalidad y acierto la realidad de los seres que desaparecen porque nadie pone su foto en el altar para rendirles homenaje, por lo que caen en el olvido. Este miedo es el que acecha a Héctor, que insistirá para que Miguel lleve de vuelta a la tierra de los vivos una fotografía suya. El personaje cambiará de registro al conocer su parentesco com Miguel, circunstancia que provoca que se alargue demasiado el clímax hasta que por fin consiguen recuperar su fotografía.

La historia juega con algunos giros de guion sorprendentes que refuerzan el decisivo papel de la familia, y lo hace con un acercamiento clásico y previsible, pero efectivo y sincero. La obligación de seguir nuestros sueños y el poder redentor del arte son otros temas presentes en la película, habituales en otras cintas anteriores de la factoría Pixar. El resultado, en este caso, es una de las películas más amables de su filmografía.

Coco es un festín técnico desde el prólogo con las banderas de papel picado, en el que se explican de forma espectacular los orígenes y la memoria familiar con una paleta cromática deslumbrante que caracteriza todo el film, siendo otro claro ejemplo el diseño de los alebrijes. La película lleva el nombre de la bisabuela para remarcar la importancia de los recuerdos y el tránsito hacia la muerte. Este personaje, a través del acercamiento a la memoria, será el que ofrezca los momentos más emotivos, siendo la escena en la que reconoce una vieja canción de cuna, Remember me, la que hará derramar alguna que otra lágrima entre los más sensibles. La película es una celebración del poder de la música y de las canciones, y aparte de temas clásicos de la cultura popular mexicana, destaca de nuevo la versatilidad de Michael Giacchino en sus composiciones.

En definitiva, el film es una de las mejores propuestas de la factoría de la última década. Tampoco hay que olvidar la previa y notable El libro de la vida (Jorge R. Gutierrez, 2014), producida por Guillermo del Toro y con la que Coco comparte el mismo contexto. La cinta de Gutierrez era otra fábula animada donde disfrutábamos de una historia de amor a tres bandas en una pequeña localidad mexicana, con un tratamiento exquisito de algunas versiones musicales como Creep, de Radiohead, o Can’t help falling in love, de Elvis. La idea de lo fantástico y la reflexión sobre la memoria dominan ambos films, que desdramatizan, a través de la tradición mexicana, el papel de la muerte, convirtiéndola en algo cotidiano. Dos películas muy estimables que deleitan los sentidos.

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