Posteado el 28 diciembre, 2017 Por en Críticas con 117 Visitas

Columbus

COLUMBUS, de Kogonada. 2017.

La arquitectura de las emociones

El videoensayista surcoreano Kogonada debuta en el largometraje con un film en el que da rienda suelta a sus conocimientos cinematográficos como gran estudioso de cineastas ilustres como Yasujiro Ozu, su gran referente, del que hereda su gusto por el humanismo en los pequeños detalles de la vida cotidiana. La idea que vertebra Columbus -una película que se toma su tiempo para avanzar narrativamente- es cómo el alma humana se estructura imitando espacios arquitectónicos.

Columbus es la historia de una amistad. Uno de sus protagonistas es Jin (John Cho), quien ha regresado de Seúl para estar al lado de su padre moribundo, con el que no se habla desde hace tiempo. Gracias a la mediación de la ex-pareja de éste, Eleanor (Parker Posey), Jin acepta con desagrado la obligación -según la tradición coreana para que el espíritu del difunto no se convierta en un espectro errante en el más allá- de acompañar al enfermo en el tránsito hacia la muerte, aunque apenas visita el hospital para estar junto a él. Durante su estancia en Columbus (Indiana) conoce a Cassey (Haley Lu Richardson), quien también ha puesto su vida en pausa para cuidar de una madre que ha sido sistemáticamente engañada por los hombres con los que se ha relacionado. La joven ha renunciado a un futuro brillante en una universidad fuera de la ciudad porque cree que su obligación es estar junto a su madre, víctima de muchos excesos en el pasado que la siguen amenazando en el presente.

Ambos personajes se complementan y de sus sentimientos afloran discusiones intelectuales sobre el poder curativo del arte, la mayor parte de ellos mientras comparten un cigarrillo deambulando por la ciudad. Aquí emerge, pues, la relevancia de la ciudad de Columbus, de la que Cassey va enumerando sus edificios favoritos -incluso ha elaborado un ranking- a medida que revela los problemas con las drogas de su madre en el pasado. La observación detenida de estos edificios ha sido una válvula de escape de la crisis familiar que ahora comparte con Jin y la identificación emocional con el entorno hace que Cassey y Columbus se fundan en una única entidad, como sucedía con el personaje de Paterson (Jim Jarmusch, 2016).

Kogonada propone una visión original del lenguaje cinematográfico donde la forma y el fondo se conectan entre sí. Si bien es cierto que la profundidad y el recorrido emocional de los personajes resulta algo limitado, el discurso expuesto a través de la arquitectura local hace mucho más atractivas las vidas de los personajes. El estudio detenido de algunas obras como la Primera Iglesia Cristiana de Eliel Saarinen, de la que Cassey recalca que, pese a su asimetría, consigue mantener el equilibrio, actúa como metáfora de la propia vida de los personajes.

Cho y Richardson forman un binomio convincente en un film que brilla por diálogos cuidadosos y una gran sensibilidad estilística. Recomendable.

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