Posteado el 23 julio, 2017 Por en Críticas con 161 Visitas

Baby Driver

BABY DRIVER, de Edward Wright. 2017.

Una película que se cree mejor de lo que es y que acaba disipando las buenas sensaciones de la escena inicial

El británico Edward Wright apuesta fuerte en Baby Driver, la historia de un joven conductor, interpretado por Ansel Elgort, que debe saldar unas deudas pendientes con un mafioso a cambio de “trabajos” puntuales. La película empieza con su sueño de ser un conductor experto en fugas, pero se va convirtiendo en una pesadilla por el miedo a acabar convertido en un criminal. El film tiene su origen en el videoclip que Wright realizó para el tema Blue song de los Mint Royale (2003), que trataba de un atraco perpetrado por tres delincuentes.

Posiblemente el mayor logro del film es la escena inicial, una persecución perfectamente sincronizada al ritmo de Bellbottoms, de Spencer Blues Explosion, que te deja clavado en la butaca. La música, más que acompañar la acción, marca el pulso narrativo de Baby Driver, hasta el punto que la sensación generalizada es que el film no tendría razón de ser si no fuera por la espectacular playlist que nos ofrece Wright, quien pretende una conjunción perfecta entre acción y melodía.

Baby es un personaje interesante, callado, siempre oculto tras sus gafas de sol y enchufado a uno de sus numerosos ipods, seleccionado según el estado anímico de cada momento. Esconde un triste pasado familiar, un trágico accidente en el que perdió a su madre, que cantaba maravillosamente, y por el cual padece acúfenos que solamente logra aliviar escuchando música en todo momento. La búsqueda de una explicación a su adicción a la música es, cuando menos, interesante. Baby ha sido criado por un padre adoptivo sordo, con el que ha aprendido el lenguaje de signos, lo cual contribuye a dibujar un perfil con reminiscencias a un personaje de cómic. Elgort sale bastante airoso de su cometido y su pasión por la música resulta bastante creíble, aunque es inevitable que el personaje sea comparado con el papel interpretado por Ryan Gosling en Drive (NWR, 2011). Como él, Baby se enamora de una chica y tratará de llevar a cabo su último “trabajo” para empezar una vida respetable, pero no resultará fácil.

La película no puede evitar creerse más interesante de lo que en realidad es, y las buenas sensaciones del principio se van disipando con el paso de los minutos. Por mucho que le pese a Wright, que seguramente ha diseñado su proyecto como un Fast & Furious con algo más de sentido de común, todo en su película resulta irremediablemente light. La banda de criminales liderada por Doc (Kevin Spacey), quien intenta controlar el hampa de la ciudad de Atlanta, no está a la altura. El tardío protagonismo como villano absoluto de Buddy (Jon Hamm) parece sacado de la chistera y es una mala elección de guión prescindir del personaje de Bats (Jamie Foxx), en el momento en el que lo hace.

Por otro lado, la historia de amor entre Baby y Debora (Lily James) es un Amor a quemarropa (Tony Scott, 1993) totalmente descafeinado, y se estanca como el resto de elementos de la trama. Las escenas de acción tampoco te quitan el sueño, acostumbrados a lo visto en joyas como Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015), por lo que la mejor baza es la comentada fusión del cine noir con el musical. No obstante, la sensación que deja al espectador es la de haber visto un videoclip larguísimo… Decepción.

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