Posteado el 7 febrero, 2017 Por en Críticas con 628 Visitas

Billy Lynn

 

BILLY LYNN (“Billy Lynn’s long halftime walk”), de Ang Lee. 2016.

El punto de partida de Billy Lynn fue el deseo de Ang Lee de experimentar con nuevas tecnologías. Adaptando la novela Billy Lynn’s long halftime walk, de Ben Fountain, el realizador de Taiwan prueba una nueva técnica, rodando el film a 120 fotogramas por segundo, en lugar de los 24 a los que el ojo humano está acostumbrado. El objetivo principal es dotar al relato del mayor realismo posible, que acaba adquiriendo una alta definición asombrosa, si además le sumamos la proyección en 3D. Dejando a un lado el reto técnico que ha supuesto este proyecto, ya que entre otras cosas, la mayoría de salas de todo el mundo no están preparadas para este formato, vamos a centrarnos en la calidad artística de la película.

Año 2006. Un grupo de soldados conocido como el Escuadrón Bravo y, liderado por el joven de 19 años Billy Lynn (Joe Alwyn), regresa a casa como héroes después de protagonizar una hazaña en la Guerra de Irak que ha sido seguida a través de la televisión en todo el país. En el descanso de un partido de futbol americano de los Dallas Cowboys, deben desfilar durante la actuación de las Destiny’s Child para recibir los honores del público. En realidad, no importa mucho cuál ha sido su hazaña, ya que son absorbidos por el circo mediático que rodea al evento y exhibidos como auténticos monos de feria. Ang Lee utiliza a Billy Lynn como portador de esta cuestionable gloria, y todo acontece a través de los ojos del joven soldado.

La intención del director es utilizar este evento como foco de denuncia del abuso de la imagen de los soldados norteamericanos, que acaban convirtiéndose en las víctimas (son abandonados en el escenario después de la actuación, se pelean con los técnicos que trabajan en el estadio y ven como sus aspiraciones a cobrar una importante suma de dinero a cambio de ceder los derechos para un película sobre sus vidas se esfuman después de hablar con el propietario del equipo de futbol, interpretado por un  desacertado Steve Martin).

La película deja un rotundo sabor de boca a experimento fallido y mal narrado. Quiere abrir muchos puntos de atención y focos de denuncia, pero no sabe concretar con convicción ninguno de ellos. Su intención de acercarnos a un conflicto bélico tan polémico como fue la Guerra de Irak y combinarlo con diversas críticas a la sociedad norteamericana se diluye como un azucarillo en la leche.

La compleja realidad de la familia de Billy Lynn, con un padre impedido, y una hermana (Kristen Stewart), que también vive un particular trauma con el que cuesta empatizar, solamente aporta más confusión a todo el conjunto. Como guinda, la revelación de las verdaderas motivaciones de Billy Lynn para alistarse en el ejército y su relación con el sargento Shroom (Vin Diesel), se convierten en elementos que dispersan aún más nuestra atención y que nos provocan la pérdida absoluta de interés en la historia. Si la intención de Ang Lee era dotar al relato del mayor realismo posible, el efecto conseguido es el opuesto: todo parece impostado y falto de verosimilitud, por lo que su esfuerzo en el plano técnico resulta estéril.

Ang Lee utiliza un esquema lleno de saltos temporales en los que aprovecha para recrear escenas de la guerra, con planos fijos, casi inmóviles, sin elementos espectaculares (no esperéis encontraros En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, 2008); pero, al fin y al cabo, con un montaje limpio que configura una puesta en escena clara y concisa. Sin ser una película bélica, posiblemente estemos ante los mejores momentos del film. Por el contrario, uno de los elementos más bochornosos del film es la sobreimpresión en pantalla de las llamadas telefónicas y mensajes de texto que recibe Billy Lynn de su hermana y de su novia, a la que acaba de conocer en el estadio; la presunta historia de amor acaba siendo otro elemento tremendamente artificial.

Si bien le reconozco a Ang Lee el mérito de obras como Tigre y dragón (2000), Sentido y sensibilidad (1995) y La tormenta de hielo (1997), en Billy Lynn se acentúan de forma notoria las peores características de su cine, impregnado de una falta de personalidad alarmante en un realizador de su talla técnica. Ang Lee es un director camaleónico, en el que es difícil reconocer un estilo propio, dejando patente su incapacidad en reconocerse en los conflictos que presentan sus películas. Resulta muy correcto, sí, lo que ha llevado a encumbrarlo injustamente en algunas ocasiones, como lo demuestran sus dos Oscars, conseguidos por Brokeback Mountain (2005) y La vida de Pi (2012).

Esta falta de personalidad, aparte del escaso interés de la historia, convierte a Billy Lynn en una película, aunque cargada de sentimentalismos, inerte como drama, y totalmente fallida como sátira social. Para colmo, y como fan declarado de las Destiny’s Child, no puedo estar más indignado por la nefasta actuación de las tres actrices que se encargan, de espaldas, de dilapidar la carrera de la formación femenina con más discos vendidos de la historia. Un desastre.

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