Posteado el 8 enero, 2017 Por en Críticas con 413 Visitas

Divinas

DIVINAS CARÁTULA

DIVINAS (“Divines”), de Houda Benyamina. 2016.

Un cuento de hadas marginal en un reino sin futuro

“Divinas” ha sido la sorpresa en las nominaciones al Globo de Oro a la Mejor Película de Habla no Inglesa, aunque si tenemos en cuenta que la cinta ganó la Cámara de Oro en el pasado Festival de Cannes y que también ha tenido su reconocimiento en citas como Londres o Toronto, la nominación tiene su fundamento. Excepto en Francia, la película ha sido lanzada internacionalmente a través de Netflix, desde el pasado mes de Noviembre.

La opera prima de Houda Benyamina tiene algo rotundo a su favor: la capacidad de conectar en décimas de segundo con el espectador, muy sensible con el drama social que plantea la historia. “Divinas” trata acerca de la incondicional amistad entre Dounia (Oulaya Amamra) y Maimouna (Déborah Lukumuena) en el marco marginal de un suburbio de París, donde todo apunta a que Europa ya ha levantado unos muros infranqueables. No hay futuro dentro de ese microcosmos, y la oportunidad de escapar de él parece una quimera, al menos de forma legal.

En este contexto, Dounia se promete a sí misma que algún día será rica, y toma como modelo (el único “exitoso” a su alcance) a Rebecca (Jisca Kalvanda), una traficante de drogas, para la que se pone a trabajar. Pronto empieza a ganar un dinero con el que por fin puede adquirir cosas y agasajar con regalos a su madre, con la que mantiene una complicada relación. El día a día de la joven sirve para abarcar temas como el machismo, el capitalismo, la religión, el amor, el sexo y la venganza, entre otros. Sin embargo, y debido a su bisoñez, la directora solamente consigue pasar de puntillas por algunos de ellos, y es que en este sentido, la película es demasiado ambiciosa y no puede desarrollar con profundidad todos los frentes abiertos. Por ello, “Divinas” cae repetidamente en tópicos frecuentes; ejemplos de ello son el personaje de la madre, una mujer fácil por culpa de la cual Dounia es conocida como “La Bastarda” y el fanatismo religioso (cogido con pinzas) de los padres de Maimouna.

El único atisbo de futuro para Dounia se nos presenta a través del vigilante Djigui (Kévin Mischel), que hace una audición para una compañía de baile en el teatro donde las dos amigas pasan horas observando desde un lugar escondido en el techo. De nuevo, el planteamiento de esta historia de amor resulta tremendamente naive, y no logra convencernos por su falta de verosimilitud.

Benyamina desarrolla un ejercicio de estilo bastante efectivo alternando las coreografías de Djigui con los golpes violentos de la vida (algunos literales) que sufre Dounia en el exterior. Sabemos que su destino se precipita rápidamente hacia algo que no puede ser bueno, porque aunque la película se muestra muy dinámica, no hay lugar para la esperanza. Es la vida de unas personas que no importan a nadie, y hacia el final de la película (no digo más para no llenar esto de spoilers) lo comprobaremos de una forma descarnadamente cruda.

El trabajo de Oulaya Amamra es apabullante; parece que asistimos al nacimiento de una estrella. No sabemos qué futuro profesional le deparará a la joven actriz, pero en “Divinas” se come la pantalla, hasta el punto que no parece que esté interpretando. Ella representa el orgullo de una feminidad y un Tercer Mundo oprimidos que devora todo lo que se encuentra a su paso. Junto con lo convincente de las interpretaciones, la película cuida especialmente los pasajes musicales, desde piezas clásicas que ilustran los ensayos de Djigui hasta el score compuesto por el músico francés Demusmaker.

En resumen, estamos ante una película llena de imperfecciones estructurales y argumentales, pero que combate estos elementos, fruto de la inexperiencia de la realizadora, con una puesta en escena de una vitalidad envidiable, en la que Oulaya Amamra asume la responsabilidad de llevar durante todo el metraje el peso interpretando visceralmente a la heroína marginal protagonista.

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