Posteado el 8 enero, 2017 Por en Críticas, Estrenos con 485 Visitas

Frantz

 FRANTZ, de François Ozon. 2016.

Una tragedia romántica ambientada en una Europa que vive una profunda crisis de identidad

François Ozon versiona libremente una obra teatral de Maurice Rostand, “L’homme que j’ai tué” (“El hombre al que maté”) que ya había sido adaptada anteriormente a la gran pantalla por Ernst Lubitsch en “Remordimiento” (1932). A diferencia de su colega austríaco, y curiosamente, el realizador francés quería contar la historia desde el punto de vista de los perdedores de la guerra, a través de los melancólicos ojos de la joven alemana Anna (excelente Paula Beer), que cada día acude, en la pequeña ciudad de Quedlinburg, a visitar la tumba de Frantz, su prometido caído en combate. Allí descubre a un misterioso joven francés, que le deposita flores todos los días.

El joven francés es Adrien (Pierre Niney), un joven que vive atormentado por el terrible episodio que protagonizó en la I Guerra Mundial, donde mató al soldado alemán Frantz. Es irónico descubrir que ambos poseían un carácter antibelicista, además de que se interesaban por la cultura del país enemigo. El único consuelo de Adrien es pedir perdón a la familia del difunto, aunque para acceder a ellos tenga que cimentar toda la historia sobre una mentira. Es omnipresente la presencia de Frantz durante todo el relato, lo que nos remite a alguna de las obras maestras de Hitchcock, especialmente “Vertigo” (1958), con la que además comparte la afición de los protagonistas a contemplar un cuadro sentados desde un banco de un museo.

La película quiere orientarse hacia la corriente pacifista a la que pertenecía Rostand, dentro de un clima de odio y desconfianza hacia el otro (“cualquier francés es el asesino de mi hijo“, expresa el padre de Frantz en un principio), y  tiene como punto de partida el gran sentimiento de culpa que atormenta al personaje de Adrien. Asimismo, juega con la plausibilidad de que los dos personajes masculinos podrían haber intercambiado sus vidas, ya que comparten ideales y aficiones, por lo que el concepto de la alteridad está muy presente en la historia.

A través de la música (Adrien toca el violín de Frantz para estrechar lazos con sus padres), el joven francés formará parte de la vida de la familia del joven alemán, que se sienten aliviados por la presencia del supuesto amigo que tantos momentos compartió con su hijo. Hacia el final de la historia, será Anna la que se siente al piano en casa de la familia de Adrien, también como acto de acercamiento, y es que las manifestacioens culturales sirven de unión entre las distintas partes. Así lo hace la música, como también lo consiguen los poemas de Verlaine, ya que Frantz era un gran francófilo.

El guion está confeccionado como un Bildungsroman, o novela de aprendizaje, en la que el personaje de Anna va experimentando sensaciones acerca del amor, el odio, la frustración, la muerte… Este cambio o evolución viene siempre acompañado de la idea de desplazamiento. Al principio de la película, Anna simplemente da vueltas sobre el mismo sitio, acudiendo a la sepultura de su prometido. Más adelante, necesitará un largo viaje a París para aclarar sus sentimientos y evolucionar. En el artificio ideado por el director, la propia Anna se inventa otra mentira para avanzar en la historia. Ozon teje un complejo entramado en el que, a partir de mentiras, los personajes son capaces de construir sentimientos verdaderos.

La fotografía y los decorados de Michel Barthélemy en blanco y negro encajan perfectamente con la ambientación del film, ya que todas las referencias de la época se conservan de ese modo. Sin embargo, Ozon utiliza el color en algunos pasajes, como en el paseo por la naturaleza, para ilustrar las escenas de felicidad; y también las de evasión de la realidad, como válvula de escape al blanco y negro, que siempre acompaña el luto por Frantz. El color, por tanto, significa el relato soñado o la imagen deseada, y ambos mundos son mostrados desde la primera escena, donde unos árboles en color rodean el plano en blanco y negro de la ciudad.

En definitiva, “Frantz” es una oportunidad magnífica para vivir una gran historia que se crece con el paso de los minutos, en la que los elementos formales están estudiados hasta el más mínimo detalle. La necesidad de movimiento por parte del personaje de Anna nos proporciona las pautas para establecer nuevas lecturas sobre el amor, la guerra y la muerte. El papel del arte también es revelador, y no solamente ejemplificado en la música y en la poesía, como he citado anteriormente, sino también a través de la contemplación del magnífico cuadro de “El suicida” de Manet. Una belleza.

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