Posteado el 8 febrero, 2017 Por en Críticas con 500 Visitas

Lion

LION, de Garth Davis. 2016.

Una propuesta original en su inicio que se acaba convirtiendo en un insufrible melodrama

Lion es una gran apuesta de la Weinstein Company, que adquirió los derechos durante el festival de Cannes de 2014, y en la que nos narra el viaje del niño Saroo Brierley, basado en su propio libro Un largo camino a casa. El pequeño se subió a un tren y se desplazó más de mil kilómetros desde su hogar en la India hasta llegar a Calcuta, donde vivió unos días en la calle, antes de ser internado en un orfanato. Poco después, fue adoptado por un matrimonio australiano, Sue y John, interpretados en el film por Nicole Kidman y David Wenham, respectivamente. 25 años después, Saroo, que se había trasladado a Melbourne para estudiar una carrera, inició la búsqueda de su hogar, a través de la herramienta Google Earth.

El film es, por tanto, la historia de un reencuentro y de la perdurabilidad de los lazos familiares biológicos a través de los años. En la primera parte, vista a través de los ojos de un pequeño Saroo (excelente trabajo del niño Sunny Pawar), Garth Davis nos narra una odisea sin apenas palabras, sirviéndose de atractivas localizaciones a través de las vías del ferrocarril, y colocando la cámara a la altura de los ojos del pequeño protagonista, en un destacable trabajo del director de fotografia Greig Fraser. Además, la partitura musical contribuye a darle brío a la historia, que tiene cierto interés en su primer tercio.

Lamentablemente, la película transcurre de más a menos, y en la parte australiana, a partir de la adopción, el relato se pierde en sentimentalismos forzados y superficiales, en el que todos los personajes parecen presumir de quién ha tenido un pasado más traumático: el joven Saroo (Dev Patel) pierde el interés en su vida actual hasta que no consiga reencontrarse con su familia biológica; su novia Lucy (Rooney Mara) menciona de forma gratuita el fallecimiento trágico de su madre tras una terrible enfermedad, y Sue justifica sus razones para haber adoptado dos niños mediante un delirante relato que revive la violencia de un padre alcohólico. Todo demasiado forzado y artificial.

Además, la película añade elementos que complican más la historia, al no ser tratados con ingenio, contribuyendo al despiste general. Tal es el caso de la segunda adopción del matrimonio, en la que el niño Mantosh (Divian Ladwa) abre un nuevo conflicto desde la perspectiva del hijo adoptado que no consigue integrarse desde un primer instante, ni con sus padres, ni con su propio hermano, también adoptado, al que se acaba enfrentando.

La película parecía invitar a una reflexión de la situación de la pobreza en el mundo, que hubiera sido más interesante, pero se despista tratando de reflejar el estado de ánimo de unos personajes que parecen poco reales, y que finalmente conseguirán sus objetivos sin conseguir que nos emocionemos ni un ápice. La historia avanza perdiendo toda la originalidad que nos había aportado durante los primeros minutos y evidenciando claras flaquezas, desembocando irremediablemente en un melodrama irritante y prescindible.

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