Posteado el 19 febrero, 2017 Por en Críticas con 279 Visitas

Moonlight

MOONLIGHT CARÁTULA

MOONLIGHT, de Barry Jenkins. 2016.

Bajo la luz de la luna, todos los chicos negros son azules

Como espectador, el sueño que uno alberga cada vez que acude a una sala de cine es encontrarse con una historia contada de la manera tan brillante que lo hace Barry Jenkins en Moonlight, una auténtica joya. Seguramente no va a ganar el premio Oscar a la mejor película de este año, pero eso no importa, ya que con el paso del tiempo, se convertirá en una película imposible de borrar de nuestra retina. En un principio, Moonlight fue concebida en una escuela de teatro como el proyecto de fin de curso del dramaturgo de Miami Tarrell Alvin McCraney. Tras convertirse en un cortometraje, fue finalmente en 2013 cuando la productora Adele Romanski le ofreció la historia a Jenkins para que la convirtiera en proyecto cinematográfico.

La historia de Moonlight no es nueva en absoluto, ya la hemos vivido en muchas ocasiones, contada de formas infinitas; Richard Linklater en Boyhood (2014) ya nos había regalado uno de los mejores ejercicios posibles en relación a esta temática. En este caso, Jenkins, ocho años después de su desconocida Medicine for melancholy, nos ofrece también una propuesta única e inigualable. La trama sigue la historia del chico negro Chiron, en lo que resulta un coming-of-age dividido en tres partes, tituladas “Little”, “Chiron” y “Black”, desde su infancia en un suburbio marginal de Miami, en el que vive con su conflictiva madre Paula (espléndida Naomie Harris), adicta al crack y que trata de educar a su hijo entre intensas luchas personales.

Chiron (interpretado en la infancia por Alex Hibbert) sufre bullying en la escuela, al tiempo que empieza a experimentar que es un niño diferente al resto. Únicamente encuentra consuelo cuando visita la casa de la pareja formada por Juan (Mahershala Ali huele a Oscar) y Teresa (Janelle Monae), que le ayudan a comprender un poco mejor sus circunstancias, convirtiéndose en sus mentores. Durante su relación de amistad con Juan, resulta fundamental el papel  del agua como elemento de purificación, necesario para un nuevo comienzo. La pieza “The middle of the world” de Nicholas Britell acompañando la escena en la que Juan enseña a nadar a Chiron en el mar es uno de los momentos musicales más brillantes que se recuerdan en una película. Chapeau.

Jenkins juega indistintamente con movimientos de 360 grados de la cámara, a veces se la carga al hombro siguiendo al personaje, o incluso llega a desenfocar lo que rodea al pequeño protagonista. Todo lo vivimos a través de las sensaciones del pequeño Chiron, al tiempo que descubre el peligro de las drogas y su propia identidad sexual.

En la segunda parte, Chiron (Ashton Sanders es el que le da vida en este tramo) va al instituto, donde comparte momentos con un personaje vital en su existencia, Kevin. Con el experimentará su primera (y única) relación sexual, y en definitiva, el amor. Pero el injusto mundo en el que viven no da tregua: una mala pasada del destino corta de raíz esta relación y Chiron acaba en un correccional de menores, condenado a seguir siendo ese niño, que como él mismo define, a veces llora tanto, que podría convertirse en lágrimas.

En la tercera parte, llamada Black por ser el apodo con el que Kevin llamaba a Chiron (ahora Trevante Rhodes), éste último lleva una existencia anodina al filo de la ley en Atlanta, donde trapichea con drogas. Chiron se ha convertido en una réplica de Juan, el único modelo masculino válido que ha conocido. Después de un reencuentro con su madre, ingresada en un centro de rehabilitación -otro de los momentos más conmovedores de la historia-, en el que ella le pide perdón por poco menos que joderle la vida, Chiron se reencuentra con Kevin en el restaurante donde éste trabaja. Pocas palabras le bastan a Jenkins para ilustrar las múltiples sensaciones que experimentan los personajes durante esta secuencia, en un golpe de efecto maestro: desde el sueño húmedo de Chiron después de recibir la llamada hasta el viaje en coche hacia el reencuentro al son de la estremecedora “Cucurrucucu paloma” de Caetano Veloso; después continúa con la canción “Hello stranger” de Barbara Lewis, que verbaliza el sentir de Kevin ante este reencuentro, y el posterior silencio, las miradas furtivas y la (parca) conversación dentro del coche… Un reencuentro que ha tardado demasiado en producirse, pero que dadas las circunstancias, no podía haber sido de otro modo. Magistral.

El trabajo coral del elenco de actores es formidable: no hay ninguno que desentone lo más mínimo. En Moonlight todo es delicado y hermoso, nada está forzado. Puro realismo convertido en mágico lirismo. La película es dura, pero no cae en el sentimentalismo fácil, es sólida en todo el recorrido de la vida de Chiron, y nos mueve y conmueve, en el fondo albergando cierta esperanza. Es una película que supone una experiencia sensorial a todos los niveles, el verdadero motivo por el que vamos al cine a ver películas. Los que todavían no la han visto todavía tienen la suerte de poderla descubrir. Una maravilla. Para quitarse el sombrero.

Tags : , , , , , , , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *