Posteado el 11 mayo, 2017 Por en Críticas con 283 Visitas

Paraíso

PARAÍSO (“Rai”), de Andréi Konchalovsky. 2016.

Excelente ejercicio de reflexión sobre los errores humanos, el sentido de culpabilidad y la redención

El acercamiento en forma de ficción a la Shoah propuesto por el veterano realizador ruso Andréi Konchalovsky es un triunfo rotundo gracias a la interesante estructura de su planteamiento y en gran medida, a que el director huye en todo momento de recrear otra película más sobre la II Guerra Mundial; y lo hace tejiendo un relato que nos habla principalmente de los errores humanos y de la seducción del Mal.

Konchalovsky filma en un bellísimo blanco y negro una historia concebida a cuatro manos con la guionista Elena Kiseleva, con la que ya había trabajado anteriormente en El cartero de las noches blancas (2014), y con la que está en proceso de elaborar el guión para su nueva película, que tratará sobre el genio Michelangelo.

Paraíso se vertebra sobre la historia cruzada de tres personajes: el colaboracionista francés Jules (Philippe Duquesne), el joven oficial de las SS Helmut (Christian Clauss) y una aristócrata rusa acusada de colaborar con la Resistencia francesa salvando a niños judíos de ser deportados (excelente Yuliya Vysotskaya, esposa del director). Este triángulo sirve para hablar de la culpabilidad y la redención, y de la condición de víctimas y verdugos de los protagonistas. El guión no pretende impresionarnos con una acción trepidante; de hecho, estamos ante una trama sencilla, y es que lo que interesa al realizador es profundizar en las motivaciones del comportamiento de los personajes. Para reforzar este aspecto, la ficción se alterna con planos de los tres protagonistas sometidos a una especie de interrogatorio en el que argumentan sus posturas. Solamente al final descubriremos ante quien están rindiendo cuentas.

El film es solemne, elegante, a veces irónico, conmovedor e irrritante. Konchalovsky se luce al conseguir una estilización del horror sin llegar a pervertirlo; no es su objetivo reflejar de forma cruda los horrores de los campos, aunque su relato es pesimista (como debe ser), tratando de evitar la pérdida de la memoria. Sus pinceladas sirven para que evaluemos el comportamiento de todos nosotros ante el Mal; cómo actuamos en situaciones de dominación-sumisión y qué estamos dispuestos a hacer para vivir en el supuesto “paraíso” en el que todo está bajo control. Parece claro que para disfrutar de él, como le comenta a Helmut el comandante del campo de Ravensbrück, al que es enviado para comprobar unas irregularidades, “para que exista ese paraíso, debe existir un infierno, que muchos como yo hemos contribuido a crear”. Por otro lado, su amigo Fogel le sirve a Helmut de espejo para advertirle del peligro de que él mismo se acabe convirtiendo en un fantasma, inmerso en un infierno tan abominable que ni su admirado Chéjov podría entender.

La intención del director, pues, es abrir un debate y una reflexión sobre el miedo, la incapacidad humana y la subyugación de la razón en tiempos de guerra, y no recrear simplemente una película sobre el Holocausto, aunque se nos hable de lugares y personajes muy específicos y cruciales en el devenir de los acontecimientos, como el propio Heinrich Himmler, que recluta a Helmut en su despacho bajo un busto de Hitler, en una escena magistral en el uso de la luz y en la profundidad del discurso.

No exenta de imágenes bellas y poderosas gracias a la magnífica fotografía de Aleksandr Simonov, como la escena del desfile de almas que Helmut cree vislumbrar entre la niebla del bosque, Paraíso es uno de los esfuerzos más gratificantes de los últimos tiempos. Siguiendo la estela de la singularidad y contundencia de otra masterpiece como El hijo de Saúl (László Nemes, 2015), la cinta de Konchalovsky se convertirá con los años en una excelente reflexión sobre el comportamiento humano en el marco de uno de los periodos más atroces de la Historia. Obra maestra.

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