Posteado el 25 mayo, 2017 Por en Críticas con 228 Visitas

Playground

PLAYGROUND (“Plac zabaw”), de Bartosz M. Kowalski. 2016.

Una crítica a la sociedad actual que no deja a nadie indiferente

Playground es la opera prima del realizador polaco Bartosz M. Kowalski, película con la que consiguió escandalizar a gran parte de los asistentes de la pasada edición del Festival de Cine de San Sebastián. La historia está escrita por el propio realizador y Stanislaw Warwas, basándose en un episodio real que aconteció en Liverpool en la década de los 90 y que conmocionó a la realidad pública por su atrocidad y por la juventud de los asesinos.

El realizador nos presenta en bloques separados a los tres niños protagonistas: Gabrysia (Michalina Swistun), una niña rica malcriada por sus padres y con problema de sobrepeso que quiere coquetear con uno de los chicos para superar sus complejos físicos; Szymek (Nicolas Przygoda), un chico que parte del día está al cuidado de su padre postrado en una silla de ruedas, al que no le demuestra el respeto que cabría esperar, y Czarek (Przemyslaw Balinski), un joven que hace caso omiso de las peticiones de su madre, en lo que supone otro ejemplo claro de hogar desestructurado. Los tres niños se juntan en el patio en el que será su último día de clase, día en el que Gabrysia piensa declarse a Szymek, lo que desembocará en la mofa de los dos otros niños en un manifiesto caso de bullying. El relato de los tres protagonistas combina piezas de compositores clásicos con la música de Kristian Eidnes Anderesen, que había colaborado anteriormente con Lars von Trier.

Kowalski realiza un retrato distanciado de estos jóvenes que no saben discernir el bien del mal, jóvenes que incluso se divierten torturando a perros y que en general no tienen respeto por nada; para ellos la violencia es una forma de pasar el rato. Antes de la escena final, los dos chicos desfilan por la calle entre la mirada pasiva de una multitud de adultos, lo que significa la incapacidad de la sociedad y de los padres de hacer algo para corregir su comportamiento.

La última escena, rodada en plano secuencia sin luz artificial y que dura unos siete minutos, es de una brutalidad extrema, no apta para estómagos sensibles. Con ella, como ya sucediera con A Serbian film (Srdjan Spasojevic, 2010) se abre el debate de si es válido filmarlo todo. No vamos a discutir aquí la libertad creativa, aunque hay que tener en cuenta que esta escena supuso que numerosos espectadores abandonaran la sala de proyección en los festivales en los que ha participado. Por el mismo motivo, es injusto simplificar una película muy digna en contenido y forma por el morbo generado por la última secuencia.

Independientemente de la inclusión de esta escena, la película rezuma realismo por los cuatro costados, y Kowalski, que demuestra ser un acérrimo seguidor del cine de Michael Haneke, golpea con fuerza al espectador, ahí donde más duele. Al igual que en la sobresaliente Elephant (Gus Van Sant, 2003), no es necesario buscar una explicación a los hechos, pues el mensaje del film radica en la cotidianidad manifiesta de sus vidas y en cómo la falta de valores puede provocar la perpetración de un crimen terrible.

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