Posteado el 13 marzo, 2017 Por en Críticas con 250 Visitas

Felices sueños

FAI BEI SOGNI CARÁTULA

FELICES SUEÑOS (“Fai bei sogni”), de Marco Bellocchio. 2016.

Un film edípico sobre la memoria y la pérdida

Felices sueños es la adaptación cinematográfica de la novela homónima y autobiográfica de Massimo Gramellini. En ella se relata la historia de Massimo, que pierde a su madre cuando tiene nueve años, y cómo este hecho, que significa el fin de la inocencia, le marca para el resto de su vida, en la que seguirá siendo un niño traumado a la edad de 40 años. Alternando escenas de 1969, cuando Massimo comparte su infancia con su madre, a la que adora, con imágenes del año 2000, en las que el Massimo adulto (Valerio Mastandrea) entra en el apartamento familiar lleno de recuerdos en Turín, Bellocchio plantea un discurso más allá del complejo de Edipo del protagonista, sobre temas como la verdad y la memoria, entremezclando pasado y presente.

El film debería estar concebido para apelar con fiereza a la emotividad del espectador, pero Bellocchio no acaba de salir airoso en esta empresa. Por un lado, la elección de actores no parece muy acertada, especialmente, la del protagonista, Mastandrea, que no consigue que acabemos de conectar con el personaje. La incapacidad para emocionarse que sufre el personaje nos la transmite de la misma manera y anula nuestra posibilidad de conexión con él. En definitiva, su omnipresencia en todo el metraje acaba resultando algo irritante, y tampoco pasará a la historia la interpretación del niño Nicolò Cabras. El ritmo entrecortado de la acción, con un exceso de flashbacks, es otro de los elementos que interfieren en nuestra capacidad de empatía con el film.

Los mejores momentos nos llegan en forma de homenaje a joyas del terror, como a la miniserie de televisión Belphegor (1965) o a las películas La mujer pantera (Jacques Tourneur, 1942) y Nosferatu (F.W. Murnau, 1922); especialmente con la primera, a cuyo personaje Massimo invoca para que lo ayude a superar la adversidad después de la muerte de su madre, desde el mismo momento que le implora que no deje que se lleven su ataúd. Curiosamente, cuando veía la historia a través de la televisión, su madre le protegía del miedo que sentía hacia ese terrible fantasma que habitaba el Louvre.

En la película, que cuida mucho más la forma del relato que el contenido del mismo, y de la que también podemos decir que en algunos momentos es una suma de secuencias brillantes pero hilvanadas de forma dudosa, se repasa toda la evolución del personaje: su fría relación con su padre (Guido Caprino), con el que le une la pasión por el Torino FC (el estadio se divisa desde el apartamento familiar), su carrera profesional como periodista, en especial de corresponsal en Sarajevo durante la guerra de los Balcanes en 1990, y la historia de amor (poco convincente) con la doctora Elisa (Bérenice Bejo), que debe tratar su primer ataque de pánico después de volver de la guerra, y en el que empieza a constatar que hay algo en él que no acaba de funcionar desde la pérdida de la figura materna. Una de las escenas más cautivadores se produce cuando, para hacer una foto que refleje el horror de la guerra, cambian de lugar a un niño que está jugando y lo colocan sentado delante del cuerpo sin vida de su madre, que ha sido asesinada. De ese mismo modo, Massimo entiende que él mismo se ha construido un artificio alrededor de la muerte de la suya.

La historia se construye a base de recuerdos sobre recuerdos, como cuando rememora la muerte de su madre, después de acurrucarlo en la cama, y de la que le dijeron que se debió a un ataque repentino al corazón, versión que no es capaz de cuestionar hasta que se hace adulto. Todos los recuerdos se deben a su memoria emocional, que son fragmentos desordenandos de su vida, y es de vital importancia en la película la idea de la muerte, pero no únicamente como un dato objetivo, sino como pérdida de los afectos más preciados.

Bellocchio acompaña las imágenes de una excelente selección musical que va desde el tema inicial de Domenico Modugno que Massimo y su madre bailan alegremente en el salón en la primera escena, pasando por una mención al disco “Sticky Fingers” de los Rolling Stones (cremallera de Warhol incluída), hasta el “Time after time” de Cindy Lauper, que suena en la tranquilidad de un hotel de Sarajevo con otros compañeros de profesión.

Como la memoria del personaje, la película es desordenada; recibimos un continuo input de sensaciones al mismo tiempo que Massimo las va experimentando o recordando, pero bajo mi punto de vista, falta pasión, y ésta era una historia para disfrutar a flor de piel. Aunque es incuestionable la trayectoria de Bellocchio como realizador y esta propuesta seguirá siendo muy superior a la oferta predominante, no puedo, sin embargo, ocultar la sensación de ligera decepción que me ha dejado el film.

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