Posteado el 31 mayo, 2017 Por en Críticas con 268 Visitas

Goodbye, Berlín

GOODBYE, BERLÍN (“Tschick”), de Fatih Akin. 2016.

Una anodina road-movie adolescente sobre la fuerza de la amistad

El director alemán de origen turco Fatih Akin, que en los últimos días ha estado presentando en Cannes el drama social Aus dem nichts (trabajo que le ha valido el premio a mejor actriz a Diane Kruger), nos ofrece en Goodbye, Berlín una propuesta demasiado ligera que no aporta nada nuevo a lo visto hasta el momento, en lo que pretende ser una suerte de feel good movie sobre adolescentes contrariados por la marginalidad de sus existencias.

Goodbye, Berlín se basa en la exitosa novela juvenil de Wolfgang Hernndorf, que nos cuenta la historia de Maik (Tristan Göbel), un joven de 14 años marginado por sus compañeros de clase que vive en las afueras de Berlín con su disfuncional familia: una madre alcohólica que juega al tenis y que periódicamente se ingresa en una clínica de rehabilitación, y un padre totalmente orientado a su vida profesional que no le presta apenas atención y que mantiene un affaire con su secretaria.

El cambio vendrá propiciado a raíz de la aparición en escena de Tschick (Anand Batbileg), un joven inmigrante ruso nuevo en la clase, que sacará a Maik de su letargo existencial en lo que supondrá un coming of age para ambos. Juntos, en un Lada azul robado, se lanzarán a la carretera en busca de aventuras, en el que será el verano más inolvidable de sus vidas.

Inolvidable para los jóvenes protagonistas, claro está, porque el espectador sí olvidará fácilmente la lista inacabable de clichés que pueblan el film. Y es que en el cine, como en la vida, no basta con las buenas intenciones. Los personajes están perfilados grosso modo sin prestar mucha atención a la evolución coherente de su personalidad (ni sexualidad). No hay chispa de vitalidad o rebeldía que los personajes del film nos puedan aportar que pueda asemejarse a la de films infinitamente superiores como Las ventajas de ser un marginado (Stephen Chbosky, 2012) o Yo, él y Raquel (Alfonso Gomez-Rejon, 2015).

Akin pretende realizar una película sencilla y amable, en la que se muestre la desconfianza en la sociedad de consumo y se ensalce el valor de la amistad, suavizando con escasa gracia los elementos más perturbadores (el director no sabe hacerlo como Claude Barras en La vida de Calabacín, por ejemplo). Sin embargo, el resultado es una road-movie aburrida que finaliza sin un propósito claro, abogando por un ideal de rebeldía demasiado etéreo -por ejemplo, la relación de Maik con sus padres está cogida con pinzas en todo momento-. Una road-movie, por cierto, donde la música, tradicionalmente tan importante en este género, pasa realmente desapercibida, siendo lo más memorable la escena con la cinta de Richard Clayderman.

Es innegable que a algunos la película les parecerá un entretenimiento refrescante para estas fechas, pero en breve pasará a la posteridad sin pena ni gloria. Aburrida y estéril.

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