Posteado el 2 febrero, 2017 Por en Críticas con 356 Visitas

El imperio de las sombras

 

EL IMPERIO DE LAS SOMBRAS (“Mil-jeong”), de Kim Jee.woon. 2016.

Una película de espionaje clásico que contiene las señas de identidad del mejor cine coreano

Afortunadamente, nos siguen llegando auténticas perlas desde Corea en forma de películas que están muy por encima de la media. “El imperio de las sombras” es otra prueba más de un cine en buen estado de forma, y en la que lo primero que llama la atención, al igual que ya sucediera con la excelente “The handmaiden”, es el fantástico trabajo en el diseño de producción.

También comparte con la cinta de Park Chan-wook una historia que tiene lugar en la Corea ocupada por Japón. “El imperio de las sombras” es una elegante y clásica película de espías, pero perfectamente adaptada al modus operandi coreano, regalándonos unas escenas de acción perfectamente estilizadas y que son un triunfo total en el campo de la dirección. La película comienza firme con una de sus escenas más espectaculares en una atmósfera cargada de humedad, en las que vivimos una tremenda persecución a uno de los líderes de la Resistencia coreana, a través de tejados y callejones estrechos, con un cierto aire a lo “Tigre y dragón” (Ang Lee, 2000), pero de naturaleza mucho más realista.

Lee Jung-chool (Kang-ho Song) es un policía que perteneció al movimiento independentista, pero que actualmente ha claudicado a las comodidades y seguridad que le ha proporcionado la ocupación japonesa. A base de traiciones y desencanto, se ha convertido en una sombra de lo que un día fue. Su misión, junto al intrigante japonés Hashimoto, es infiltrarse en el grupo de la Resistencia para desactivar la revolución desde dentro. Kim Jee-won aprovecha este doble juego para cuestionar la postura del protagonista, que finalmente consigue simpatizar de nuevo con la Resistencia. En todo momento, la trama juega con nuestras expectativas, y nunca tenemos la certeza absoluta de lo que pasa por la mente del policía protagonista. Igualmente, el resto de personajes, incluído el colaborador húngaro que vende explosivos a la Resistencia, está bajo sospecha, en un momento muy turbio en la historia de Corea.

El trabajo de ambientación, que nos introduce de lleno en el mundo clandestino de la Resistencia coreana de 1920, es exquisito, y nos acerca la redención de Lee Jung-chool, que pretende lavar su conciencia en un mundo lleno de sombras, quizás su última oportunidad de hacer algo de valor. Su amistad con uno de los líderes de la Resistencia, Kim Woo-Jin (interpretado por Yoo Gong, a quien ya vimos de padre intrépido en la notable “Train to Busan”) removerá su pasado como antiguo aliado y todo lo que acontezca a posteriori será totalmente impredecible para el espectador. Una de las principales virtudes (o no, nunca se sabe) de la película es la concatenación de clímax, uno tras otro, que no nos da ni un respiro en las casi dos horas y media de metraje.

Kim Jee-woon nos regala escenas antológicas en diversos ámbitos; en el tren (posiblemente el momento más brillante es el tiroteo, más propio de un western, en la escena de la cafetería del tren que viaja de Shanghai a Seúl), en las salas de tortura y, como guinda final, en la embajada, demostrando su habilidad para el thriller y las escenas de extrema acción, en una película que se convierte en una de las apuestas más sólidas de lo que llevamos de año.

Aunque la realidad histórica que refleja el argumento puede ser ampliamente desconocida por el público occidental y los nombres de los personajes (como suele ocurrir) dificultan la comprensión, la película es una absoluta delicia. Lamentablemente, el film no pasó la criba y no competirá por el Oscar a Mejor Película de Habla No Inglesa el próximo mes de febrero, circunstancia que, visto lo visto hasta ahora, se me antoja una absoluta injusticia.

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