Posteado el 15 enero, 2017 Por en Críticas con 257 Visitas

La muerte de Luis XIV

 

LA MUERTE DE LUIS XIV (“La mort de Louis XIV”), de Albert Serra. 2016.

Luis XIV fue seguramente el rey francés más absolutista y ególatra que la historia ha conocido. Murió a los 77 años de edad, después de 72 de reinado. Sin embargo, Albert Serra, en su propuesta, desproviste al Rey Sol de toda solemnidad y nos presenta los últimos días de la vida del monarca desde su lecho en el Palacio de Versalles, reflejando la impotencia del poder más absoluto ante la muerte.

La película empieza con la única escena rodada en exteriores, en la que Luís XIV se resiente de unos dolores en su pierna izquierda, que más tarde derivarán en una complicada gangrena. Desde ese momento, toda la acción transcurre alrededor de la cama en la habitación del rey, en la que cortesanos y médicos presencian amargamente la dolorosa agonía del rey más importante de Francia.

Albert Serra imprime un tono clásico y contenido a su film (como no podía ser de otra forma), y se sirve de una unidad de acción, tiempo y espacio en la que todo absolutamente acontece en la habitación del rey, y desde el punto de vista de éste. No existe información sobre las intrigas, los problemas de la corte o el Estado, que nosotros sepamos y él no.  La única excepción se produce cuando contemplamos una escena en la que los ineptos médicos, encabezados por Fagon, discuten con un charlatán llegado de Marsella que ha preparado un “milagroso” elixir, a base de semen y sangre de toro, que curará al rey. Estamos, además, ante la situación más cómica del film.

A Serra no le interesa repasar la trayectoria y gloria pasada del monarca; simplemente, en un pasaje, Luis XIV escucha la propuesta de un arquitecto inglés para reforzar la seguridad del reino. Un momento que cumple la función de demostrar que su delicado estado de salud le impide seguir con sus obligaciones como rey, y que su vida se precipita sin remedio hacia un fatídico final.

El espectador es un testimonio cercano e íntimo de los últimos instantes en la vida de Luis XIV; a través de nuestra mirada nos convertimos en un cortesano más en la habitación del rey. El principal artífice de este logro es la gran interpretación de Jean-Pierre Léaud, actor fetiche de la “Nouvelle Vague” y que sabe aportar una tensión creciente en cada uno de sus gestos: cuando contempla a su alrededor, cuando mastica, cuando sorbe el vino, cuando se queja de los terribles dolores… No resulta gratuito, además, el impacto que nos produce ver el deterioro del personaje a nivel físico y mental, a la vez que pensamos en el niño inolvidable de “Los 400 golpes” de Truffaut. Léaud se entrega completamente en su actuación, y la cámara, al acentuar sus gestos, lo convierte en omnipresente para el espectador.

El rodaje de la película fue muy oscuro; la fotografía tiene la tenue iluminación de las velas, que contribuye a la imitación de una obra pictórica en movimiento, en un trabajo magnífico de Serra y el director de fotografía, Jonathan Ricquebourg. Esta oscuridad, junto con el progresivo tránsito hacia la muerte, le confiere al film una dramaturgia natural, nada forzada, a la vez que parece representar un cuadro de Rembrandt.

Serra también se luce trabajando la discontinuidad de las elipsis de imagen y sonido. Hay momentos en los que unos personajes desaparecen y en su lugar aparecen otros, pero se mantiene la misma atmósfera; es como si todo cambiara pero a la vez continuara igual. Estas discontinuidades ilustran muy bien el hecho de cómo se viven estos últimos instantes desde la percepción del rey enfermo, que debido a su debilidad, pierde la conciencia de tiempo y espacio.

Uno de los planos más potentes de la película se produce cuando Léaud mira fijamente a la cámara durante bastantes segundos, mientras suena la Gran Misa en Do Menor de Mozart, momento que nos introduce todavía más en la habitación, compartiendo la intimidad de ese momento.

En definitiva, “La muerte de Luis XIV” es una trabajada y minimalista reconstrucción del deceso del monarca. Serra se sirve de un personaje histórico universal para representar la banalidad de la muerte para todo ser humano; y lo hace tanto a través de los ojos de un rey que se va apagando progresivamente, como de los cortesanos que lo rodean, incapaces de hacer frente a la inexorabilidad de la muerte, como suele ocurrir habitualmente en el plano privado de cualquier individuo. Un enfoque que nos confirma que todos somos iguales ante la muerte, y que después, la vida sigue…

Tags : , ,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *