Posteado el 7 marzo, 2017 Por en Críticas con 292 Visitas

La vida de Calabacín

LA VIDA DE CALABACÍN (“Ma vie de Courgette”), de Claude Barras. 2016.

El tierno retrato de una infancia perdida

“La vida de Calabacín” es una de las películas animadas más alabadas y premiadas de los últimos años. Claude Barras toma como punto de partida el libro Autobiografía de un Calabacín, de Gilles Paris, adaptado para la pantalla por la guionista Céline Sciamma, célebre por títulos como Tomboy (2011) o Girlhood (2014), que ya retrataban momentos difíciles en la infancia y la adolescencia.

El libro de Gilles Paris está dirigido al público adulto, debido a las descripciones explícitas de violencia, pero Barras quería incluir a los niños en su adaptación cinematográfica y que ésta fuera igualmente destinada para ellos. Aunque la historia destila una gran dureza, la técnica del stop-motion suaviza el contenido de la cinta, uno de sus grandes logros: cómo bajo un formato tan sencillo y aparentemente inocente, se puede reflejar una realidad tan escalofriante, insinuando las vejaciones, palizas y violaciones que ha sufrido un grupo de niños inocentes. Los decorados están construidos a escala, perfectamente iluminados por el director de fotografía David Toutevoix, y cada escena es una auténtica delicia, recordando los dibujos de los niños. Un ejemplo de ello es el momento en el que los niños viajan a la nieve y protagonizan una de las secuencias de baile más adorables de los últimos tiempos, al ritmo de Eisbär, del grupo suizo Grauzone.

La película divide la historia del niño protagonista en tres partes, centrándose plenamente en la segunda. La primera parte es una elipsis en la que descubrimos que Calabacín es sistemáticamente maltratado por una madre alcohólica, seguramente abandonada por su marido. Tras la muerte de ésta debido a un “accidente doméstico”, Calabacín es trasladado a un orfanato por el policía Raymond, que promete visitarlo de vez en cuando. Esta segunda parte es la que cuenta la convivencia de Calabacín con otros niños que provienen de ámbitos domésticos marginales, huérfanos o maltratados, haciendo hincapié en su relación con el líder Simon y la aparición de Camille, que trae consigo el nacimiento del amor. Después de un proceso evolutivo en el orfanato, Calabacín tendrá un importante cambio en su vida que dará lugar a una tercera parte que el film ya no necesita ilustrar.

Calabacín fue llamado siempre así en su núcleo familiar, y en el proceso en el centro de acogida logra asimilar progresivamente su propia identidad, como camino hacia una nueva vida, en el que compartiendo su soledad logra que las heridas cicatricen. La película es una llamada a la esperanza y a la solidaridad, al descubrimiento de que otros sufren por igual y cómo podemos superar la adversidad compartiendo ese dolor.

En definitiva, el mayor logro de La vida de Calabacín es la naturalidad con la que Barras construye un discurso para retratar el desamparo que asola a un grupo de niños. Como muestra, cabe recordar que en un pasaje uno de los niños comenta “estamos aquí porque no nos quiere nadie”, posiblemente una de las frases más descarnadas que hemos oído últimamente en una película. Barras se sirve de una gran destreza para subrayar la ternura que emerge de estos seres abandonados, pero sin hurgar en la herida de forma gratuita.

En el fondo, La vida de Calabacín es una película durísima, totalmente distinta a lo que puede parecer en un principio, y es que su fuerza radica en lo que insinúa y no en lo que muestra explícitamente. De esta forma, el director consigue denunciar una realidad terrible y bastante oculta, con la que la sociedad parece convivir a diario sin ser consciente de ello, a través de la evolución de un personaje que encuentra una nueva oportunidad gracias a su fortaleza interna.  Espléndida.

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