Posteado el 16 abril, 2017 Por en Críticas con 310 Visitas

El otro lado de la esperanza

EL OTRO LADO DE LA ESPERANZA CARÁTULA

EL OTRO LADO DE LA ESPERANZA (“Toivon tuolla puolen”), de Aki Kaurismäki. 2017.

Nuevo acercamiento de Kaurismäki a la triste realidad de los inmigrantes

Mucho se ha hablado, después de la última edición del pasado mes de febrero, de la mediocre calidad de las películas presentadas en la última edición de la Berlinale. Personalmente opino que si El otro lado de la esperanza, del finlandés Aki Kaurismäki, fue una de las cintas más destacadas, alzándose incluso con el premio al mejor director, efectivamente la cita debió ser bastante olvidable.

El realizador finés regresa nuevamente con el tema de la inmigración (una problemática que sigue terriblemente vigente), como ya lo hiciera en la notable Le Havre (2011), que junto con esta cinta forma parte de la llamada “trilogía portuaria”, con la que se propone retratar la inmigración y el choque entre culturas directamente derivado de ella. Al contrario que la anterior, esta nueva entrega destaca por su falta de chispa, aunque igualmente podemos detectar elementos propios de su sello personal como autor.

La película cruza dos historias: la de Wikström (Sakari Kuosmanen), un comercial del textil que deja su negocio de venta de camisas y a su esposa, en una escena inicial sin diálogo, solamente valiéndose de un plano de unas llaves y un anillo depositados en una mesa (minimalismo que es el santo y seña del realizador), para encargarse de reflotar un restaurante con un personal muy peculiar; y la de Khaled (Sherwan Haji), un joven refugiado sirio que casualmente ha llegado huyendo de Alepo a Helsinki, donde espera iniciar una nueva vida a la par que intenta reencontrarse con su hermana, el único familiar que, como él, ha sobrevivido a la guerra siria.

Kaurismäki nos presenta una visión idealizada y amable de los inmigrantes, esforzándose en dignificar al máximo a sus protagonistas. El terrible pasado de Khaled se verbaliza en la escena en la que es sometido a un interrogatorio al entregarse a las autoridades finlandesas, solicitando asilo político. En sus palabras vemos el infierno por el que ha tenido que pasar hasta recaer en Helsinki. Dejando de lado esta situación, sus penurias tendrán que ver con los vergonzantes miembros de un absurdo grupo de Liberación de Finlandia, caricaturizado al máximo para que estemos en todo momento al lado del sufrido protagonista.

El propósito de Kaurismäki de romper con los prejuicios estereotipados es uno de los elementos más destacables de su cine, como ya consiguiera en la mencionada anteriormente Le Havre, aunque los personajes de esta historia no consiguen calar en el espectador de la misma manera que lo hicieran Marcel Marx (André Wilms), Idrissa (Blondin Miguel) o Arletty (Kati Outinen), entre otros, en la película de 2011. Wikström es un personaje poco carismático si lo comparamos con Marcel Marx. En él recae el peso de ayudar incondicionalmente a Khaled a la vez que trata de poner orden entre sus estrafalarios empleados del restaurante, pero no convence.

Fiel a sí mismo, el realizador introduce una serie de gags (algunos de ellos poco inspirados) para ofrecernos una película melancólica con toques de humor, en la que se nos cuenta una historia cotidiana, casi realista. El desencanto individual y global se camufla de este modo bajo la capa de humor, ofreciendo también planos donde los personajes se emocionan con la cosas más simples, una emoción por la sencillez que es otra de sus marcas personales.

La influencia del cine de Bresson es muy palpable también en este trabajo, aunque como he comentado anteriormente, Le Havre era una película mucho más redonda y poética. Esto implica que El otro lado de la esperanza no sea tan efectiva a la hora de hacer creíble una realidad utópica cotidiana, aunque los pasajes musicales, el sentido del humor y esa naturaleza tan naïf de su cinematografía seguirán haciendo las delicias de los seguidores más fieles del cineasta finés. Pequeña decepción.

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