Posteado el 6 marzo, 2017 Por en Críticas con 254 Visitas

El nacimiento de una nación

EL NACIMIENTO DE UNA NACIÓN (“The birth of a nation”), de Nate Parker. 2016.

Una relectura de los mitos de la película de Griffith desde la perspectiva de los oprimidos

En un principio, siempre genera buenas expectativas cualquier título que viene avalado por el Festival de Sundance. En la edición de 2016, la película de Nate Parker obtuvo nada más y nada menos que los premios del Jurado y del Público. El incuestionable éxito en la ineludible cita cinéfila en el estado de Utah provocó que la Fox batiera el récord del certamen pagando por los derechos de distribución de la película. Todo el mundo empezaba a hablar de la segura carrera de la cinta hacia los Oscar de este año, pero un oscuro episodio del pasado universitario de Parker truncó las posibilidades del film, que ha acabado ninguneado de manera absoluta. Después de su visionado, es el momento de concretar si la película, dejando de lado temas ajenos a su calidad, cumple con las expectativas que comentaba al principio del artículo.

Nate Parker escribe el guión a partir de una historia suya y de Jean McGianni Celestin sobre la figura de Nat Turner, un esclavo que sabía leer y que lideró una revuelta contra los amos esclavistas en 1831, 30 años antes de que estallara la Guerra de Secesión. El título no es ninguna casualidad: la propuesta de Parker es una violenta respuesta afroamericana al racista film de David W. Griffith (1915), en una clave actual que sirve para evidenciar un malestar social que se ha incrementado tras los últimos episodios de violencia racista en Estados Unidos.

El discurso del film es airado y rebelde y uno de sus principales logros es el retrato agresivo que muestra que la libertad nace de la dura realidad cotidiana de los esclavos. La película conjuga dos partes diferenciadas: una que evoca a la reciente 12 años de esclavitud (Steve McQueen, 2013), en la que Parker resulta más titubeante a la hora de construir una historia y unos personajes sólidos, bebiendo claramente de estereotipos; y una segunda más interesante, en clave de oda al héroe mesiánico, que recuerda al cine de Mel Gibson. Nat es un esclavo elegido por Dios para liderar una revolución necesaria a todas luces, a través del conocimiento adquirido por unos viajes que le ofrecen una visión naturalista de la vida de los esclavos.

Llegados a este punto, Parker debería haber asumido un mayor riesgo a la hora de crear una película incluso más incendiaria. Nat tiene una buena relación con su amo Samuel Turner (Armie Hammer, un actor claramente en alza) y vive con cierta tranquilidad en su propiedad, teniendo acceso a la Biblia y otros escritos. Incluso le es permitido casarse con otra esclava, Nancy (Aunjanue Ellis), a la que visita habitualmente. Con el paso del tiempo, la difícil situación económica empieza a afectar la vida en la plantación de algodón, y Nat es invitado a predicar a otros esclavos para asegurar su obediencia, a cambio de dinero para su amo. Es en este momento cuando descubre las atrocidades cometidas contra sus semejantes, tratados en algunas ocasiones peor que los animales de granja. Esto propiciará una revuelta de varios días que desencadenará en la masacre de algunos esclavistas blancos y sus familias.

Parker aniquila punto por punto los mitos acuñados por la obra de Griffith, que han marcado de cierto modo el retrato de la esclavitud en Hollywood durante años, en la que se nos retrataba una realidad construida con inocentes negros trabajando en los campos sin ningún tipo de rencor o inquietud. El personaje de Nat Turner es un héroe moderno (en este punto no importa que el film no atienda a exactitudes históricas), que liderará una revolución necesaria para la emancipación e igualdad que debería sustentar la sociedad norteamericana.

La forma de acometer un discurso beligerante a favor de la Black Rage fue el elemento que más se destacó en Sundance, pero el film deja cierta sensación de oportunidad perdida. Parker consigue realizar un film sobrio, en la que elementos como la fotografía (envolviendo al protagonista de un halo épico) y la música rayan a gran nivel, buscando la reflexión y no cayendo en el sentimentalismo fácil. Sin embargo, el discurso extremadamente maniqueísta y la poca profundidad del resto dee los personajes (hubiera sido muy interesante una mayor y cuidada inmersión en la relación amo-esclavo) dificultan nuestra empatía con el film, que hubiera podido ser una película de referencia durante los próximos años. No era tarea fácil para un debutante en la dirección sacar adelante una propuesta de tal envergadura, pero Parker debería haber echado el resto al tratar de apelar a nuestra vena más visceral.

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