Posteado el 24 mayo, 2017 Por en Críticas con 231 Visitas

Personal shopper

PERSONAL SHOPPER, de Olivier Assayas. 2016.

Un elegante cruce entre lo sobrenatural y la estupidez de nuestra sociedad materialista

Olivier Assayas construye una película de fantasmas peculiar, ya que, curiosamente, se aleja de las características clásicas del género, aunque utilice algunos de sus elementos. El realizador parte de la premisa de que el mundo de los muertos juega una parte importante en el mundo de los vivos, en lo que resulta una interconexión natural en nuestras vidas. Prácticamente inclasificable, el film, que a pesar de ganar el Premio al Mejor Director en la pasada edición del Festival de Cannes, fue duramente criticado, es ante todo una apuesta de riesgo, lo cual ya es bastante para empezar; un film que prefiere sugerir que mostrar, y que seguramente en otras manos hubiera sido una absoluta debacle.

Assayas aprovecha para introducir elementos de gran interés como la pintura abstracta de la espiritista y teósofa sueca Hilma af Klint o la obsesión por el ocultismo del escritor Victor Hugo, del que vemos fragmentos en una ficticia película de sus avatares por la isla de Jersey. Personal shopper es una búsqueda personal, que tiene como centro absoluto al personaje de Maureen Cartwright, interpretado por una convincente Kristen Stewart a la que el mundo indie parece sentarle mucho mejor que su pasado “crepuscular”.

Curiosamente, Assayas parte de un mundo tan materialista como el de la moda -Maureen trabaja como personal shopper de una cotizada modelo llamada Kyra, un trabajo que por cierto detesta- para adentrarnos en una historia con elementos fantásticos. Recordemos que en su trabajo anterior, Viaje a Sils Maria (2014), Stewart ya era la asistente personal de una estrella, en esa ocasión de una veterana actriz de teatro (Juliette Binoche).

El uso de la tecnología, especialmente reflejado en la larga conversación de whatsapp que Maureen mantiene con su acosador tren arriba, tren abajo, en su viaje a Londres nos ofrece escenas que resultan un prodigio de realización, y es que Assayas sabe sacar provecho de estos elementos indispensables en nuestra vida cotidiana para avanzar en la trama. Sin embargo, es una pena que algunas de las subtramas se diluyan como un azucarillo, tales como la historia de la modelo y su pareja Ingo (Lars Eidinger), que termina sepultada bajo la trama principal por su poca entidad.

En la primera escena -formidablemnte firmada- ya apreciamos que estamos ante un film con elementos fantásticos; Maureen visita la casa donde vivió su hermano gemelo Lewis, quien ha fallecido debido a la misma anomalía cardiaca que ella padece. Ambos hermanos, muy conectados con el mundo espiritista, habían prometido enviar una señal al otro cuando uno de los dos muriera, y Maureen está tratando de encontrar ese mensaje, por lo que se reúne con la pareja de él. Toda la película será, en definitiva, la búsqueda de esa señal, que al fin y al cabo es una metáfora de las respuestas que Maureen busca en sí misma debido a sus dudas e inseguridades.

La película resulta intensa, y en no pocas ocasiones cuestionamos si lo que estamos viendo es realidad o ficción. Varias son las lecturas que permite el film de Assayas, quizás una de los aspectos menos aceptados por la crítica, pero más allá de la certeza de cuál era la verdadera intención del cineasta, el trabajo del director en el uso de elementos como la continua autosugestión de Maureen, su deseo por lo prohibido, o la carga de erotismo -a lo Brian de Palma- que se desprende cuando se prueba a escondidas algunos de los modelos de su jefa, -elementos que sin duda deberían haber sido más explotados aún- dotan a la cinta de una elegancia incuestionable. A pesar de la infinidad de haters que saldrán a destrozar la película, ésta consigue ser estimulante y diferente. Lo dicho, todo un riesgo.

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