Posteado el 17 enero, 2017 Por en Críticas con 442 Visitas

Solo el fin del mundo

 

SOLO EL FIN DEL MUNDO (“Juste la fin du monde”), de Xavier Dolan. 2016.

Hogar es allí donde duele…

El niño mimado de Cannes regresa a las pantallas con la controvertida “Solo el fin del mundo”, en la que adapta una pieza teatral de Jean-Marc Lagarce. Y digo controvertida, básicamente, por el gran número de críticas negativas que ha obtenido el film. Sin embargo, y antes de entrar en pormenores, sirva como anticipo aclarar que un trabajo mediocre de Dolan suele estar muy por encima de la media… También hay que señalar que, aunque estamos ante una de las películas más convencionales del joven cineasta, esto no le ha impedido ganar el Gran Premio del Jurado en el pasado festival de Cannes, y estar a las puertas de ser finalista en la carrera de los Oscars a Mejor Película de Habla no Inglesa, representando a Canadá.

Louis (Gaspard Ulliel) regresa doce años después a su ciudad natal para reunirse con su familia, a la que les tiene que comunicar que le queda poco tiempo de vida. La tarea se convierte prácticamente en imposible desde un primer momento, ya que antiguos resentimientos con su madre y hermanos afloran de nuevo, abriendo heridas que, lejos de cicatrizar, imposibilitan la comunicación.

El film comienza con el viaje de avión que Louis realiza desde París a Canadá, al ritmo de “Home is where it hurts”, interpretado por Camille, escogido por Nolan con toda la intención del mundo. Louis recorre en un taxi los paisajes desde el aeropuerto hasta la casa familiar donde debe reencontrarse con su madre (Nathalie Baye), su hermano mayor Antoine (Vincent Cassel), su cuñada Catherine (Marion Cotillard), a la que aún no conoce, y su hermana pequeña Suzanne (Léa Seydoux). A partir de este reencuentro, fantasmas del pasado convierten la reunión en una experiencia insufrible para Louis… y para el espectador.

Dolan enfoca toda la narración desde la perspectiva de un taciturno Gaspard Ulliel, con el que compartimos la negativa impresión causada por su disfuncional familia. El director, fiel al género teatral de la obra original, propicia algunas escenas en las que están presentes todos los integrantes, los cuales consiguen por momentos sacarnos del relato debido a su histerismo. En conjunto, parece un trabajo sobreactuado del elenco de primeras espadas del cine francés que conforman el reparto, y solamente en las escenas que Louis comparte escena con uno de los miembros (cuando habla con Léa Seydoux en su habitación, cuando descubre a Nathalie Baye fumando furtivamente o cuando acompaña a Vincent Cassel en el coche) es cuando se demuestra la talla profesional de los actores; a excepción, desgraciadamente, de Marion Cotillard, que construye un personaje terriblemente irritante y exento de verosimilitud. No son buenos tiempos para la actriz francesa…

Cuando el espectador asume que la reunión desembocará en desastre, y superado el bochornoso momento de Baye bailando al son del “Dragostea Din Tei”, es cuando empieza a disfrutar de la cinta, filmada principalmente en primeros planos. Una vez más, Dolan nos regala unas memorables transiciones de tiempo, al ritmo de melodías pop. Me quedo, entre ellos, con el momento en que Louis, al contemplar el viejo colchón en su antiguo cuarto, recuerda a un amante que tuvo con 15 años, al son de “Une miss s’immisce”.

El uso de la luz, la fantástica fotografía de color saturado de André Turpin y el extremo calor que azota un Louis más que abrigado, ayuda a construir una sensación de agobio e incomodidad que se traslada al espectador. El texto de Lagarce, si bien no justifica alargar mucho la trama, plantea ciertas reflexiones interesantes después de pasar por el filtro del director quebequés. Louis tiene una (gran) mala noticia que contar, motivo por el que ha regresado, pero no sabemos si el vacío y la incomprensión que generó su marcha le otorgan la legitimidad para comunicar algo de semejante calibre. Este anuncio de su enfermedad terminal se irá diluyendo con el paso de los minutos, dejando lugar a enfrentamientos entre los familiares. Es la muestra de que su marcha y posterior reencuentro, con muchas prisas, sacan lo peor de cada uno de los miembros, que discuten entre sí por cualquier nimiedad.

En resumen, “Solo el fin del mundo” trata de los secretos y rencores que fracturaron la unión familiar; se dice mucho, pero parece que lo que realmente importa es aquello que no se dice. El texto nos deja una serie de cuestiones interesantes que debatir, pero que en el film no se resuelven en su totalidad de forma satisfactoria. Posiblemente, la conversación más importante y gratificante sea la que mantiene Louis con su madre, en la que ésta afirma que sus hermanos también tienen el derecho de visitarlo, y aunque esto no sea posible, que no puede negarles ese derecho. Un digno ejercicio, que lejos de ser una masterpiece,  trata de forma solvente la relación entre el adolescente díscolo que regresa en su madurez, y el núcleo familiar del que marchó, reabriendo brechas insalvables. Parece que hay Dolan para rato…

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