Posteado el 2 mayo, 2017 Por en Críticas con 274 Visitas

Stefan Zweig: Adiós a Europa

STEFAN ZWEIG: ADIÓS A EUROPA (“Vor der Morgenröte”), de Maria Schrader. 2016.

La responsabilidad del intelectual ante la realidad política

Maria Schrader dirige y escribe conjuntamente con Jan Schomburg este drama histórico cuya principal virtud es huir de la manida estructura lineal de los biopics al uso. Lamentablemente, el resto no raya al nivel esperado y nos encontramos ante una propuesta poco convincente, con demasiadas pretensiones y que no sabe reflejar el verdadero pensamiento de Stefan Zweig. La realizadora pretende que el espectador empatice con el alma quebrada del protagonista y que el conjunto sirva como reflexión sobre cuál debería ser el papel de los intelectuales ante la realidad política.

La película se estructura en cinco pasajes que empiezan con una breve introducción de la primera visita de Zweig a Brasil. A ella le sigue su participación en el congreso del P.E.N. de Buenos Aires en 1936, y su visita en Nueva York a su primera esposa Friedrike (Barbara Sukowa), con la que comparte unos instantes en los que ella le recuerda su decisivo papel en ayudar a otros judíos que huyen del nazismo intercediendo con las autoridades americanas. Los dos últimos episodios transcurren nuevamente en Brasil, en los que serán sus últimos días de vida.

Josef Hader encarna a un desesperanzado y temeroso Zweig, aunque sus reacciones siempre transcurren por cauces muy civilizados. El trabajo del actor acentúa su amargura a través de su trágica mirada, ese miedo que le condujo al fatal desenlace junto a su pareja y secretaria Charlotte (Aenne Schwarz).

Zweig abandonó su Austria natal en 1934 y no volvió jamás. El guión no sabe aprovechar el potencial de un personaje de semejante envergadura, el escritor en lengua alemana más traducido y leído después de Thomas Mann, otro de los intelectuales proscritos por el nazismo. En un principio, Zweig se resiste a tomar partido en temas de política desde el exilio, alegando que pecaría de exceso de protagonismo si criticara la nación alemana. Considerando que la suya es una vida cómoda, no se cree con el derecho a esa crítica, y por ello responde a los periodistas con evasivas. Del mismo modo, condena el acto en Buenos Aires en el que se lee en voz alta una lista de escritores alemanes como si fueran mártires, entre los que figura su nombre.

La evolución del personaje no está bien trazada, aunque podemos percibir su amargura y su deprimida cotidianidad a lo largo del relato; ésta contrasta con la luminosidad de Brasil, país que le acogió y en el que sintió por momentos que sería capaz de comenzar de nuevo. El epílogo, después del último pasaje celebrando su cumpleaños en Petrópolis, nos muestra el suicidio del escritor junto a su pareja en 1942, motivado por el horror que les suponía la idea de un mundo controlado por el nazismo, totalmente plausible en ese momento en el que no llegaba la intervención internacional.

La oposición del intelectual contra el nazismo se percibe de forma tenue en la cinta de Schrader. Zweig se maravilla por la diversidad racial de su país de acogida y exige la responsabilidad de los intelectuales ante esa inevitable convivencia. Sin embargo, la frivolidad de situaciones cotidianas (entre las que solamente destacaría favorablemente cuando la banda local destroza “El Danubio Azul” de Johann Strauss) entorpece la esencia de su pensamiento, a través del cual el autor aboga por el ideal de una Europa unificada, aún codiciada en nuestros días, aunque reconociendo que los cambios necesarios tardarán siglos en producirse. Amargo sabor de oportunidad perdida.

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