Posteado el 5 marzo, 2017 Por en Críticas con 248 Visitas

T2 Trainspotting

T2 TRAINSPOTTING, de Danny Boyle. 2017.

El (odioso) paso del tiempo

En 1996, una modesta película británica, basada en la primera novela del escritor de Edimburgo Irvine Welsh, cosechó uno de los triunfos más rotundos que se recuerdan, marcando a toda una generación y convirtiéndose por derecho propio en film de culto. 20 años después, nuevamente el guionista John Hodge, según las novelas “Trainspotting” y “Porno”, escribe el argumento sobre las nuevas aventuras del cuarteto protagonista; Danny Boyle repite en la dirección, acompañado del mismo elenco de actores que inmortalizaron los personajes de la primera entrega.

La acción retoma la historia después de veinte años, cuando Mark Renton (Ewan McGregor) escapó a Amsterdam con las 16.000 libras que habían conseguido en un robo, dejando tirados a sus compañeros Sick Boy (Johnny Lee Miller), Spud (Ewen Bremner) y al psicópata Frank Begbie (Robert Carlyle). ¿Era necesario este retorno? La respuesta, para no andarnos con rodeos, es no. Evidentemente, hay cosas que es mejor dejarlas como están, y lo mucho que ha representado Trainspotting para un gran número de espectadores es una de ellas.

Sin embargo, tampoco podemos decir que estamos ante una mala película. T2 Trainspotting cumple la función de revivir unos personajes que siguen conservando su carisma, pero hay que asumir que ni ellos ni nosotros seguimos siendo los mismos; han pasado de ser unos jóvenes veinteañeros enfadados con el mundo a unos cuarentones que todavía deben encontrar su lugar. Llegados a este punto es justo reconocer que la película ha perdido la frescura que catapultó la primera entrega a ser uno de los títulos de referencia de los pasados 90. Además, las nuevas generaciones no entenderán probablemente la razón de esta nueva película, ni se podrán imaginar lo que significó para muchos la cinta de los noventa.

T2 Trainspotting introduce un personaje, el de la joven escort búlgara Veronika (Anjela Nedyalkova), novia de Sick Boy (ahora llamado Simon), que representa precisamente a esta juventud que ahora puede encontrarse perdida ante la razón de ser de esta nueva entrega. Veronika no entiende los extraños vínculos y traiciones entre los personajes, amigos desde la infancia y que han compartido infinidad de momentos enganchados al jaco. Aquí radica precisamente unos de los elementos menos satisfactorios de la película: el ansia de venganza por parte de algunos personajes, que nos ofrecen una lectura demasiado dramática de los hechos que no acaba de cuajar con el verdadero espíritu Trainspotting. Y es que, debido a esa alarmante falta de frescura que comentaba, la película tiene que forzar una trama que resuelve de forma demasiado precipitada.

Más alla de algunos brillantes destellos de cierta originalidad y de una notable dirección a cargo de Boyle (me quedo personalmente con la escena en el pub en la que Renton y Simon interpretan “1690” al grito de “No more Catholics!” ante una parroquia exaltada), lo mejor de la película es su carácter continuamente autorreferencial, sobre todo a través de la música; esperamos ansiosos que suene “Lust for life” de Iggy Pop acompañando las correrías de los protagonistas (mezcladas con imágenes de la primera película) por las calles de Edimburgo, al mismo tiempo que los primeros acordes de “Born Slippy” de Underworld nos ayudan a conectar inmediatamente con los hechos del film de 1996. El grupo de hip-hop escocés Young Fathers es uno de los descubrimientos musicales de la nueva película, en la que acompaña temas clásicos de Iggy Pop, Blondie, Queen o Frankie Goes To Hollywood.

El trabajo de montaje es frenético y cumple perfectamente su función, pero las referencias a escenas de la primera parte como la muerte de Tommy, el despiste en relación al cuidado del bebé y el “renovado” retrato de un Begbie recién fugado de la cárcel (de lejos el personaje que ha envejecido peor, perdiendo casi toda su chispa) son elementos que lastran el resultado final de esta secuela, en la que se da demasiada cancha a sentimientos como el rencor y la venganza en pos de estructurar una trama sólida, pero que, como he comentado anteriormente, suponen una gran decepción.

T2 Trainspotting es, en definitiva, un producto tan innecesario como irrelevante. Sin ser una mala película, dificílmente encontrará nuevos adeptos en las nuevas generaciones y tampoco hará revivir las buenas sensaciones de los que disfrutamos la primer parte; por el contrario, despertará una amarga nostalgia con la que nos damos de bruces con una terrible realidad: el daño que a veces ocasiona el irremediable paso del tiempo.

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