Posteado el 29 enero, 2017 Por en Críticas con 286 Visitas

Hasta el último hombre

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE (“Hacksaw Ridge”), de Mel Gibson. 2016.

Un melodrama bélico basado en una historia real, pero tratado como si fuera un milagro

Mel Gibson vuelve a la dirección después de diez años de descanso (“Apocalypto”, en 2006, había sido su último trabajo) para acercarnos la vida de Desmond T. Doss, un objetor de conciencia que se convirtió en un héroe tras haber salvado 75 soldados norteamericanos en la batalla de Okinawa, concretamente durante el asalto al acantilado de Maeda, en plena II Guerra Mundial. La historia se intentó llevar a la pantalla en 1948, pero la extrema humildad del protagonista impidió que el proyecto se llevara a cabo.

El acercamiento al personaje falla desde el minuto uno. Andrew Garfield se entrega con pasión (quizás demasiada) en la labor de interpretar a un personaje absolutamente naïf, con el fatal resultado de que el espectador, más que percibir esa extrema ingenuidad, tiene la sensación de que al muchacho le falta un hervor. Este hecho es un lastre insalvable que condena a la película desde el comienzo, aunque no el único.

Gibson nos “regala” un flashback de principiante para perfilarnos la personalidad de Desmond, a través de su infancia: un episodio donde está a punto de matar a su propio hermano, pasaje en el que también se nos revelan los traumas post-bélicos de la figura de un controvertido y violento padre (Hugo Weaving), un hombre distinto desde que volvió derrotado anímicamente de la I Guerra Mundial, donde perdió a sus mejores amigos; suele visitar sus lápidas acompañado de su mejor compañía (la bebida), y tiene claro que no quiere que sus hijos acaben en el mismo sitio.

Tom Doss maltrata físicamente a la madre de Desmond (Rachel Griffiths), hecho que choca frontalmente con el pacifismo que profesa la religión a la que pertenece la familia, y que no es otra que la Iglesia Adventista del Séptimo Día. En sus primeros años de juventud, Desmond presencia también un atropello en la calle, y al acompañar al herido al hospital, descubre, por un lado, su vocación por la medicina, a la par que se enamora de una enfremera que se convertirá en su mujer (Teresa Palmer). Huelga decir que el proceso de enamoramiento, cortejo y posterior compromiso es de un cursi que te hace creer en todo menos en el amor.

La película está dividida en dos partes: en la primera se construye el retrato psicológico del personaje, a través de su infancia, juventud y su instrucción como soldado; y en la segunda, nos adentramos totalmente en la aventura bélica, que llevará a Desmond de ser un mártir incomprendido, rechazado por sus propios compañeros soldados (un nuevo Cristo al que crucificar), a convertirse en un héroe nacional que será condecorado por el mismo presidente Truman.

El acercamiento de Gibson al conflicto interior del personaje es simplísimo. De pasada se presentan unos cuantos compañeros soldados (entre ellos uno de los hijos del director, Milo Gibson), de los que poco más sabremos en la película, ya que simplemente pretende avanzar las identidades de algunos hombres a los que Desmond salvará la vida después. El guion de Robert Shenkkan y Andrew Knight presenta como uno de los secundarios importantes al sargento Howell, interpretado precariamente por Vince Vaughn (sí, ese hombre que normalmente vemos en comedias infumables), y que protagoniza escenas en las que inevitablemente recordamos lo infinitamente superior que es “La chaqueta metálica” (Stanley Kubrick, 1987).

Las cotas más altas del film (si las hay) se alcanzan en una segunda parte en la que Gibson demuestra que se sabe manejar mejor en el episodio bélico que en la composición, que domina la primera parte, de la elegía cargada de lirismo, dedicada (en palabras del director), “a un hombre corriente que hizo cosas extraordinarias”.

La parte bélica ha sido destacada por la crítica por sus escenas cruentas; las hay, evidentemente, y la atmósfera que se respira durante la contienda es bastante convincente, aunque el film es muy pequeño al lado de obras magnas como “Salvar al soldado Ryan” (Steven Spielberg, 1998); también hay que señalar que el acercamiento de Gibson es menos documental y más narrativo, en el que Desmond lleva a cabo su hazaña al grito de “por favor, Señor, uno más…”. En fin.

El epílogo nos recuerda los trabajos más estériles de Clint Eastwood, como “Sully” (2016), en una recuperación de trabajo documental en la que oímos alguna de las anécdotas del film de boca del verdadero Desmond T. Doss, que simplemente nos confirma que lo acabamos de ver no es producto de una imaginación desatada, sino que sucedió realmente.

Sin embargo, sí que hay que reconocerle a Gibson, católico practicante, el intento de huir del patriotismo barato que normalmente impregna este tipo de películas. Su historia, aunque fallida, se centra en recrear la figura del mártir, a través del valor de la fe (más allá incluso de cualquier creencia religiosa) y con un sentido bastante notable de la guerra y de la justicia.

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