Posteado el 11 mayo, 2018 Por en Críticas con 42 Visitas

Custodia compartida

CUSTODIA COMPARTIDA (“Jusqu’à la garde “), de Xavier Legrand. 2017.

Realidad social con hechuras de thriller

El de Xavier Legrand se ha convertido en uno de los debuts más destacados de los últimos tiempos, cosechando una buena acogida tanto por parte de crítica como de público. El realizador se alzó con los premios a la Mejor Opera Prima y al Mejor Director en la pasada edición del Festival de Venecia gracias a esta incómoda película que empieza como un drama familiar y acaba convertida en auténtico thriller. El film profundiza en la problemática de un matrimonio en crisis que Legrand ya exploró en su corto Avant que de tout perdre (2013).

Custodia compartida comienza con el divorcio de Miriam (Léa Drucker) y Antoine (Denis Ménochet), quienes se citan en el juzgado para que la justicia resuelva sobre la custodia del hijo pequeño de ambos (Thomas Gioria). Sobre la sala planea la sombra del carácter violento de un hombre maltratador, pero la jueza dictamina la custodia compartida y la vida de Miriam y sus dos hijos se convierte de nuevo en un infierno.

Legrand juega a favor de obra y plantea una estructura muy clara en la que Antoine -un excepcional Dénis Ménochet- manipula a aquellos a su alrededor para obtener una sentencia favorable. A través del rostro del pequeño Julien en los encuentros con su padre cuando éste lo recoge del hogar materno, el espectador construye paulatinamente la realidad del terror que se ha vivido en el hogar de los Besson. El relato es simple y lo que nos propone Legrand es un análisis de los matices de una relación tremendamente compleja con todos los protagonistas, incluídos familiares y allegados.

A favor de la propuesta de Legrand juega el claro posicionamiento del discurso a favor de la madre y sus hijos, al contrario, por ejemplo, de lo que nos planteaba Andrey Zvyagintsev en Loveless (2017), donde el autor ruso, más interesado en mostrar la deshumanización de la sociedad contemporánea, rompía cualquier atisbo de empatía al presentarnos a los dos miembros de la pareja como seres totalmente aborrecibles y al hacer desaparecer de la trama a la víctima -el hijo de ambos- a los pocos minutos de metraje.

Sin embargo, es meritoria la capacidad de Legrand por ofrecernos un drama familiar al estilo de Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979), que acaba dotando de elementos propios del cine de género en la línea de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980). La tensión aumenta a medida que trascurren los minutos hasta que consigue dejar sin aliento al público después de la última escena y el fundido en negro que cierra el film. Por consiguiente, lo que podría haber sido tachado de simple telefilm acaba convertido en un gran ejercicio de estilo gracias a elementos como la sensible interpretación de Thomas Gioria, quien trasmite todo a través de su mirada -da gusto ver trabajar a niños franceses en el cine-, el excelente uso del sonido y los silencios -la escena perfectamente coreografiada de la fiesta de cumpleaños de la hija es sublime- y una escena final que utiliza con maestría la angustia provocada por el ruido de timbres y puertas para retratar una pesadilla real como la vida misma.

En resumen, Custodia compartida supone una experiencia inmersiva en la que palpamos las sensaciones de rabia, indefensión y miedo que sienten sus protagonistas. Legrand, aunque como he comentado anteriormente lo hace tomando el posicionamiento fácil, consigue que la historia no resulte sensacionalista y, sin recurrir a ninguna muestra de violencia explícita, sabe ponernos en la piel de los implicados en una realidad tan cotidiana como dolorosa.

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