Posteado el 29 octubre, 2017 Por en Críticas con 52 Visitas

Detroit

DETROIT (“Detroit”), de Kathryn Bigelow. 2017.

Cinco años después de La noche más oscura (2012) regresa Kathryn Bigelow con Detroit, cinta con la que nos traslada a esta metrópolis norteamericana en el verano de 1967, donde se produjeron unos graves altercados de orden público con la discriminación racial como telón de fondo y que tuvieron en jaque a las autoridades durante cinco días.

Detroit destila aire de documental como alguna de sus propuestas anteriores (En tierra hostil, 2006), contando nuevamente con un guión fantástico de Mark Boal, que gracias a un excelente trabajo de documentación, basado principalmente en testimonios directos, aprovecha estos sucesos para contextualizar diversas historias personales de algunos de los implicados. Así, guardias de seguridad, agentes de policía o los miembros de la banda The Dramatics forman parte de la historia, todos ellos relacionados de alguna forma con la revuelta, con el objetivo de hacer más creíble la convulsión social representada en la película.

Después de una introducción en la que se esboza con mucha intención lo que acontecerá más tarde, la parte central se dedica a lo que sucedió en el motel Algiers, donde convergen los protagonistas y testigos de lo que fue un abuso de poder por parte de la racista policía blanca, perfectamente representada por el personaje de Philip Krauss (excelente Will Poulter), quien se presenta como el paradigma del Mal, liderando a los agentes que irrumpieron violentamente en el motel buscando a un francotirador.

Bigelow se mueve con pulso nervioso, sinónimo del caos en la ciudad, buscando a los personajes, consiguiendo que sintamos los hechos en primera persona, gracias también a un fantástico trabajo de montaje. Todo ello contribuye a que vivamos un largo clímax que no da tregua al espectador, en uno de los mayores logros de la carrera de la realizadora. El planteamiento de la técnica de “el juego de la muerte” genera una tensión insoportable para protagonistas y espectadores, una oportunidad para mostrar el lado más deshumanizado y cruel de nuestra sociedad. Esta escena desembocará en un juicio final corto, al que apenas se dedican cinco minutos, subrayando la sensación de frustración ocasionada por la falta generalizada de justicia.

Todos los personajes tratarán de seguir sus vidas después de tan traumática escena, volviendo a una falsa normalidad que es un espejismo, a excepción de Larry Cleveland (Algee Smith), que sacrifica una carrera de éxito para vivir en el anonimato, lo más alejado posible de la realidad de la comunidad de blancos. La película no tiene un protagonista claro, pero narrativamente funciona muy bien como un retrato coral que nos mete en la piel de todos los implicados, pero sin juzgarlos.

Sin duda Detroit debería tener un protagonismo destacado en la próxima carrera hacia los Oscar; la propuesta no decae en ningún momento y da cabida a todo tipo de realidades, incluso a la música de la Motown, testigo, como la cadena de montaje de Ford, de los disturbios raciales que pusieron patas arriba la quinta ciudad de los EE.UU. Unos disturbios que hacen muy difícil que la película pueda ser objetiva, pues como afirma la propia Bigelow, no se puede ser neutral después de haber conocido semejantes hechos. El objetivo del film es molestar y resultar incómodo, y desde luego eso lo consigue, más teniendo en cuenta -desgraciadamente- la vigencia en nuestros días de la tensión racial representada en el film.

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