Posteado el 4 enero, 2018 Por en Críticas con 209 Visitas

Final portrait. El arte de la amistad

FINAL PORTRAIT. EL ARTE DE LA AMISTAD, de Stanley Tucci. 2017.

Un retrato desdibujado

Stanley Tucci retrata en su quinto trabajo las sesiones que el escultor y pintor suizo Alberto Giacometti realizó en 1964 con su amigo James Lord, crítico de arte y escritor norteamericano. El artista le pidió a Lord que posara para él en lo que iba a ser una sesión de dos días, aunque debido a su propia inseguridad, el tema se acabó demorando hasta dieciocho sesiones que ocuparon dos semanas de trabajo, lo cual obligó al joven escritor a cancelar en repetidas ocasiones su vuelo de regreso a Estados Unidos.

El diseño de producción de Gail Egan se encarga de ambientar la obra en el París de los años 60, concretamente en el taller del célebre artista, reconstruido con  todo tipo de detalle para la ocasión y que sin duda supone el elemento más atractivo para el espectador. Un experimentado -y desatado- Geoffrey Rush se pone en la piel de Giacometti, en un trabajo hecho a medida para su lucimiento, pero que tiene su contrapartida en la falta de profundidad narrativa del film, lo cual provoca que el actor se coma literalmente la película y al resto de protagonistas, en lo que parece más bien la caracterización de un personaje mediático.

Aunque Tucci intenta huir de las señas de identidad del biopic convencional -un género en horas bajas desde hace años- y pretende que su película sea un discurso reflexivo sobre la creación artística, no consigue que Final portrait aporte gran cosa, y a los pocos minutos experimentamos la descorazonadora sensación de que prácticamente todo está ya dicho.

Los devaneos del artista con la prostituta Caroline (Clémence Póesy), su amante y musa, y los altibajos en la relación con su mujer (Sylvie Testud) son el telón de fondo de los días en los que el pintor retrata a su amigo, un inexpresivo Armie Hammer, eclipsado por el genio del australiano. También aparece en el film su hermano Diego (Tony Shalhoub), que pone algo de cordura a los excesos del artista, ya que el guion elabora superficialmente una personalidad en realidad muy compleja, centrándose básicamente en su afición por las prostitutas, su desapego por el dinero y la ácida crítica a otros artistas coetáneos como Picasso o Chagall.

La historia quiere enfocarse principalmente en la búsqueda de la perfección y la posibilidad que ofrece el mundo de la pintura, a diferencia de otras artes, de retocar la obra una y otra vez. Sin embargo, Final portrait pasará a la historia simplemente como la recreación de una pequeña anécdota, tratando de ser entretenida y poco más, en lugar de como una seria reflexión sobre la dificultad de toda manifestación artística y la sempiterna insatisfacción del artista. Una película demasiado evidente.

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