Posteado el 30 marzo, 2018 Por en Críticas con 173 Visitas

La forma del agua

LA FORMA DEL AGUA (“The shape of water”), de Guillermo del Toro. 2017.

Un mejunje indigesto

Guillermo del Toro seduce a sus fans más acérrimos y a la crítica en general con La forma del agua, concebida como su película más redonda hasta la fecha. El trabajo de diseño de producción se lleva prácticamente todo el mérito en una película que no defrauda a sus seguidores, pero que se convierte en una losa para aquellos que no comulgamos con su tipología de cine.

Visualmente hablando, el resultado es espectacular -sobre todo en las filmaciones subaucuáticas del principio-, pero el cuento de hadas para adultos que nos propone el autor se indigesta muy rápido debido al acercamiento oportunista con el que se tocan temas de relativa actualidad como la emancipación de la mujer, el racismo o la homosexualidad. Del Toro no sale airoso del diseño de personajes, totalmente estereotipados y con un arco de corto recorrido. El intento de pulsar tantas teclas a la vez se hace de forma naive y sin ninguna profundidad.

La historia, que puede verse como una revisión con final feliz del clásico La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954), lleva a buen puerto la relación de ambos protagonistas. Elisa, interpretada por una correcta Sally Hawkins, y el anfibio, encarnado por Doug Jones, viven una historia de amor que nadie entiende a la vista de que su única interacción conocida es que al bicho le gustan los huevos hervidos que la limpiadora muda le ofrece cuando entra en las instalaciones donde está siendo objeto de estudio… De ahí a desencadenar una desagradable historia sexual entre ellos media un abismo…

Los esfuerzos por dotar al film de originalidad son bastantes frustrantes, y tampoco se entienden aspectos cómo la supuesta relevancia que tiene el gusto de Elisa y su amigo gay Giles por los musicales y que Del Toro mete con calzador para tratar de demostrarnos algo… Da la sensación de que la película es un mejunje de muchos ingredientes que se acaban indigestando.

El realizador mexicano establece una conexión entre dos mundos alejados, pero lo hace con una simpleza que causa escalofríos. Todos los personajes reflejan el vergonzante maniqueísmo que caracteriza todo el film, tales como el malvado Richard Strickland (Michael Shannon), el ermitaño Giles (Richard Jenkins) o el comprometido Dr. Robert Hoffstetler (Michael Stuhlbarg). Por otro lado, lo de Octavia Spencer es de traca, interpretándose una vez más a sí misma. ¿Nadie empieza a estar cansado de esta señora que parece que nació ya con 50 años?

En definitiva, y a pesar de haber arrasado -incomprensiblemente- en la carrera de premios, La forma del agua es una simple fábula en favor de todos aquellos que viven aislados del mundo, ya sea por su mudez, por su condición sexual, o por ser un anfibio… El relato, envuelto en un empalagoso sentido de compasión, es tan nimio como inane. Una pérdida de tiempo en la que algunos prometedores elementos iniciales se van deshaciendo como un azucarillo, como la música de Alexandre Desplat, que se extingue paralelamente al interés por la película.

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