Posteado el 29 mayo, 2018 Por en Críticas con 192 Visitas

Lean on Pete

LEAN ON PETE, de Andrew Haigh. 2017.

El paso de la adolescencia a la vida adulta

Andrew Haigh adapta la novela homónima de Willy Vlautin para relatar el paso a la vida adulta de Charlie, un chico de Oregon que inicia la búsqueda del paradero de su tía en Wyoming, con la que perdió el contacto tiempo atrás. Charlie Plummer, a quien vimos recientemente en Todo el dinero del mundo (Ridley Scott, 2017) interpreta de forma emocionalmente cruda al protagonista -fue premiado en el pasado Festival de Venecia-, trasmitiendo toda la inocencia e indefensión del personaje.

La madre de Charlie abandonó el hogar y éste vive junto a su irresponsable padre, un alcohólico que apenas trabaja y que deja al chaval todo el día abandonado a su suerte. Un día, Charlie conoce por casualidad a Del Montgomery (Steve Buscemi), quien lo introducirá en el mundo de las carreras de caballos. Al poco tiempo, Charlie quedará prendado de un viejo caballo, Lean on Pete, y se convertirá en su fiel cuidador. Recorriendo los hipódromos también conocerá a la jockey Bonnie (Chloë Sevigny), quien le insiste en que no se encariñe con el equino ya que su única función es correr en los hipódromos. El pobre Charlie, cuando todo apunta a que el ocaso del caballo le acabará condenando a un sacrificio seguro, y después de un duro revés, huirá con Lean on Pete -en definitiva, un alter ego del joven- en busca de un hogar junto a su tía en Wyoming. Un recorrido que adquiere la forma de antiwestern -o western en dirección contraria- ya que el joven realiza el recorrido a la inversa, del Oeste al Este. Además, no lo hace buscando la grandeza de vastas extensiones de terreno, sino la seguridad de un pequeño hogar.

El realizador, en su primera incursión en territorio americano después de las notables Weekend (2011) y 45 años (2015) -dos películas bastante estáticas que transcurrían principalmente en interiores-, abre en esta ocasión el espacio -usando largos travellings– para mostrar un recorrido en plena naturaleza. De este modo, el paisaje refleja en todo momento la evolución psicológica del personaje. Quizás se le pueda criticar que no escatime en presentar demasiadas desgracias -y alguna, muy trágica, con poca sutileza-, pero al menos evita caer en el sentimentalismo más básico. La gran dignidad de Charlie, quien dentro de sus posibilidades no renuncia a su inocencia ante las injusticias de la vida, logra esquivar una tayectoria condenada a la exclusión social.

Charlie Plummer despunta interpretando a un personaje que pasa de la adolescencia a la vida adulta ante nuestros ojos y supone el pilar más importante en el que se sustenta este sensible coming-of-age con animal de compañía. Haigh consigue reflejar la soledad y la lucha de un personaje a contracorriente, reconociendo la influencia de la magistral Kes (Ken Loach, 1969), pero el tramo medio de la película presenta una estructura un tanto caótica que hace peligrar la identificación del espectador con el joven Charlie. Un trabajo más consistente en su propuesta que en su ejecución, en cualquier caso.

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