Posteado el 8 mayo, 2017 Por en Cine Independiente con 326 Visitas

“Lo que hacemos en las sombras” (2014)

Una comedia con formato de falso documental sobre el hastío del vampiro moderno

Lo que hacemos en las sombras es el fruto de la colaboración de dos figuras centrales de  la comedia alternativa neozelandesa, Taika Waititi y Jemaine Clement, que coprotagonizan, codirigen y coescriben el guión, basándose en un cortometraje del mismo título de 2006.

La película tiene el formato de “mockumentary” o falso documental, y trata acerca de la complicada convivencia de cuatro vampiros que comparten casa en un suburbio de Wellington, al estilo de los protagonistas de la serie inglesa The young ones (1982-1984). Los personajes centrales de la historia son Viago (Taika Waititi), Vladislav (Jemaine Clement), Deacon (Jonathan Brugh) y Petyr (Ben Fransham); los tres primeros conservan, a pesar de haber vivido cientos de años, su apariencia humana, mientras que Petyr, el mayor de todos ellos, se comporta de forma mucho más salvaje que el resto y duerme en un ataúd en el sótano. Su apariencia es similar a la del célebre conde Orlok y es que cada uno de ellos rinde tributo a un vampiro del cine: Deacon es el Drácula de Bela Lugosi, Vladislav es comparable al Drácula de Gary Oldman, Nick (Cori Gonzalez-Macuer) es similar a Edward de Crepúsculo y Viago sería el Louis de Pointe du Lac de Entrevista con el vampiro.

Uno de ellos, Deacon, tiene una sirviente humana, la ama de casa Jackie (Jackie van Beek), que le proporciona víctimas a cambio de la promesa de ser convertida en vampiro en un futuro próximo, pues su máximo anhelo es la inmortalidad. A través suyo, Nick será convertido en vampiro por Petyr, lo que desencadena todo el desarrollo de lo difícil que resulta aclimatarse a esa nueva vida en tinieblas. De la mano de Nick conoceremos al personaje más hilarante del film, Stu, un simpático programador informático, muy buena persona, que ayudará a los vampiros a lidiar con las nuevas tecnologías. Stu Rutherford es, en realidad, un analista informático de una empresa de Wellington que no tenía ni idea de que iba a acabar interpretando uno de los roles de la película.

Una de las escenas más memorables es la celebración de la “Unholy Masquerade”, en la que se reúnen brujas, zombis y vampiros. En ella conocemos a La Bestia, apodo con el que se conoce a una de las ex-novias de Vladislav, Pauline, debido a lo brutal de su ruptura. En la fiesta se descubre que Stu y uno de los cámaras son humanos y se produce una hilarante discusión entre los vampiros y el resto de los invitados.

El equipo grabó más de 120 horas de metraje, de las que se seleccionaron los gags que serían incluídos en el corte final. Se trabajó mucho, sobre todo por parte de los actores principales, con la improvisación y la espontaneidad en cada situación. La música corre a cargo de la banda Plan 9, que interpreta las piezas con instrumentos clásicos; la película utiliza principalmente el plano secuencia y llama la atención, si nos atenemos a lo modesto de su presupuesto, los efectos especiales tan cuidados que caracterizan al film.

Otros espectadores destacarán seguramente como uno de los momentos más divertidos los encuentros entre vampiros y hombres-lobo, sus grandes rivales. Los primeros sostienen que los segundos van por ahí olisqueándolo todo, y que huelen realmente mal. Se rumorea que se está preparando una secuela basada en la historia de los hombres lobo que puede llevar por título What we do in the moonlight. Como anécdota, cabe señalar que la montaña en la que se rodó la escena de la conversión de los hombres lobo bajo la luna llena es la misma en la que Frodo y los hobbits huían de un Nazgûl para esconderse bajo las raíces de un árbol en El señor de los anillos: La comunidad del anillo (2001).

Lo que hacemos en las sombras se ha convertido, gracias a la gran aceptación de público y crítica desde su estreno en el Festival de Sundance de 2014, en una comedia de culto que destaca por su gran ingenio y un constante uso de la parodia, siempre de modo inteligente y sin caer gratuitamente en el mal gusto. En ella, con la premisa de reflejar el hastío cotidiano del vampiro moderno, los directores reivindican las nuevas tecnologías y un respeto total por la figura del mito del vampiro, en clave de homenaje. Aunque se podrían haber aprovechado muchas más situaciones cómicas, el resultado final es de notable alto, un verdadero soplo de aire fresco en el panorama cinéfilo internacional, y que nos sitúa de nuevo la figura del vampiro en el centro de una comedia, casi 50 años después de que Polanski hiciera lo mismo en El baile de los vampiros (1967).

La película ganó el Premio del Público en el Festival de Sitges y el premio a Mejor Película (Midnight Madness) en el Festival de Toronto de 2014.

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