Posteado el 4 abril, 2018 Por en Críticas con 232 Visitas

Ready player one

READY PLAYER ONE, de Steven Spielberg. 2018.

Nostalgia virtual

Unos meses después del estreno de Los archivos del Pentágono, en la que el director aprovechaba para poner en su sitio a la Administración Trump con un relato que defendía a ultranza la libertad de expresión, Steven Spielberg nos presenta Ready Player One, un proyecto donde identificamos el ADN primario del cineasta, apostando por la esencia del cine como mero entretenimiento. En esta ocasión, Spielberg adapta la novela best-seller de Ernest Cline, quien también colabora en el guion del film, y lo hace tirando de nostalgia cinéfila a través de una aventura digital visualmente apabullante. El realizador cambia algunos aspectos estructurales de la novela, pero lo hace conservando su esencia. Como suele ocurrir en estos casos, los seguidores más acérrimos de la obra escrita no acaban de perdonarle algunas licencias. En honor de la verdad, hay que constatar que estas decisiones no son las que hacen de Ready Player One una mejor o peor película…

Ready Player One juega durante toda la trama con dos espejos: el mundo real -una sociedad decadente ambientada en Columbus, Ohio en 2045- y la realidad virtual a través de OASIS, una utopía a escala global en la que cada habitante tiene un avatar con el que se evade del pesimismo del mundo en crisis que les ha tocado vivir. Cuando el creador de este mundo paralelo, James Halliday (Mark Rylance), muere, los habitantes descubren que el excéntrico personaje ha planteado un juego para escoger quién será el heredero de su imperio, en una suerte de cruce entre el clásico de Roald Dahl, Charlie y la fábrica de chocolate, y Matrix (Hermanas Wachowski, 1999), como el propio Cline describió su obra. El protagonista, Wade Watts (Tye Sheridan), cuenta con la ayuda de Samantha (Olivia Cooke) para hacer frente a las malvada intenciones de Sorrento (Ben Mendelsohn), un enemigo corporativo de Halliday que pretende ponerse al frente de la compañía. Watts y Samantha, y sus avatares digitales, Perzival y Art3mis, deberán luchar en ambos mundos -real y fantástico- para evitar que eso ocurra.

La película está llena de referencias a la cultura pop –King Kong, Street Fighter, Godzilla, Duran Duran, Michael Jackson, David Bowie- y de una profusa cinefilia -las películas de John Hughes, el baile de Saturday night fever o el enigmático personaje de Buckaroo Banzai. En muchos casos esa cinefilia es autorreferencial, al aludir a elementos de obras firmadas o producidas por el propio Spielberg, como el T-Rex de Jurassic Park o el Delorean de Regreso al Futuro (Robert Zemeckis, 1985). Personalmente, entre las muchas referencias, quizás demasiadas, destaco la emotividad del protagonismo que cobra en la batalla decisiva El gigante de hierro (Brad Bird, 1999) y la maestría para condensar algunos de los aspectos más emblemáticos de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) en un par de minutos. Realmente soberbio es el homenaje que Spielberg rinde a Kubrick en un suspiro.

El genio de Cincinnati ha parido un producto indudablemente entretenido -la primera persecución es impresionante-, pero demasiado frenético, en el que la sobresaturación de elementos entorpece nuestro deleite… Por desgracia, el film tiene poco recorrido en el mundo real y nos deja un mensaje demasiado pueril que desluce el final. Si hay algo en lo que fracasa la historia es en la nula capacidad para lograr que los personajes importen (los avatares superan con creces a sus homónimos de carne y hueso), incluso el de buenos actores como Rylance -en su tercera colaboración con el director- o Mendelsohn. Un entretenimiento irregular, pero que invita a nuevos visionados para cazar todos los easter eggs que Spielberg y su equipo de la Industrial Light & Magic han ingeniado… El director avisa que serán necesarios al menos cinco…

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