Posteado el 3 diciembre, 2017 Por en Críticas con 42 Visitas

El sacrificio de un ciervo sagrado

EL SACRIFICIO DE UN CIERVO SAGRADO (“The killing of a sacred deer”), de Yorgos Lanthimos. 2017.

Dos años después de Langosta (2015), Yorgos Lanthimos regresa de nuevo con film en lengua inglesa y reparto internacional, en lo que parece una confirmación de un nuevo camino en su cine después de la etapa griega. Efthymis Filippou vuelve a formar tándem con Lanthimos para escribir el guion, en el que nuevamente encontramos el sello tan personal de su lenguaje cinematográfico.

Lanthimos reinterpreta a Eurípidies con el mito clásico de Ifigenia para acercarnos una historia sobre la toma de decisiones y qué estamos dispuestos a sacrificar para mantener nuestro bienestar. Colin Farrell es Steven Murphy, un reputado cirujano casado con Anna, reconocida oftalmóloga (Nicole Kidman), quienes viven felices con sus hijos Kim (Raffey Cassidy) y Bob (Sunny Suljic). El peso del pasado regresa a la vida de Steven de forma implacable: el joven Martin (Barry Keoghan) labra una amistad con el cirujano para confesarle que en realidad ha venido a vengar la muerte de su padre, que murió en el quirófano en sus manos por una negligencia. La pesadilla se instala en la vida del doctor, quien deberá escoger entre sacrificar a uno de los miembros de su familia o arriesgarse a perderlo todo.

El cineasta griego sigue fiel a las que han sido las señas de identidad de su universo cinematográfico, aunque en las dos últimas películas adapta sus alegorías a contextos que cada vez nos resultan más reconocibles -en El sacrificio de un ciervo sagrado la acción transcurre en una urbe norteamericana, concretamente en Cincinnati- por lo que la frialdad y la asepsia que solía caracterizar su cine se abren a una realidad más comprensible para el espectador. Este aspecto no hay que considerarlo ni mejor ni peor, sino como una evolución de las formas visuales que había desarrollado en películas como Canino (2009) y Alps (2011) y que le servían para sus intereses discursivos. Por otro lado, la película sí que se resiente de la pérdida del humor implacable que había caracterizado sus obras anteriores. El sacrificio de un ciervo sagrado es, por tanto, su película menos irónica, y también la menos surrealista.

A nivel formal la película es una delicia. Lanthimos usa a menudo el gran angular para remarcar la situación de claustrofobia de los personajes, que se sienten atrapados en sus circunstancias esperando que Steven tome una decisión. El ritmo es aletargado, como si se tratara de un sueño. Sus largos paseos por interminables pasillos son otra muestra de que están siendo observados, como si estuvieran atrapados en una caja, acechados por un sentido de justicia sobre el que deberá reflexionar el espectador. Algunos planos cenitales como la caída de Bob al bajar las escaleras, son sencillamente magistrales. Una incómoda música, que se entrelaza con piezas clásicas de Strauss o Ligeti, contribuye también a crear una sensación desagradable y de ansiedad en el espectador, elementos que nos recuerdan inexorablemente al cine de Stanley Kubrick.

Colin Farrell realiza un buen trabajo, muy contenido, en la piel del personaje peor parado en lo que respecta a la empatía del observador. Si hay alguien que brilla con luz propia es el joven Barry Keoghan, que nos trasmite todo el mal rollo propio de la situación con una interpretación que combina magistralmente la ingenuidad y la malicia. Su anuncio de la maldición que acecha a Steven en la cafetería del hospital, con espectaculares vistas a la ciudad, es sencillamente escalofriante, y dará pistoletazo de salida a una angustiosa cuenta atrás que tendrá una resolución que quita el hipo.

En definitiva, Lanthimos vuelve a sorprendernos en un terreno que domina a la perfección, dirigiendo su carrera hacia nuevas cotas. El hieratismo de su puesta en escena, su capacidad por epatar y la llamada a la reflexión caracterizan este film en el que vuelve a demostrar que es más listo que el hambre. Una vez más, sus personajes son elementos que el cineasta griego utiliza para proponer su discurso, un discurso en el que cada vez encontramos más preguntas y menos certezas…

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