Posteado el 4 febrero, 2018 Por en Críticas con 186 Visitas

Sin amor

SIN AMOR (“Nelyubov”), de Andrey Zvyagintsev. 2017.

Las vergüenzas de una sociedad enferma

Andrey Zvyaginysev vuelve a denunciar en su quinto film la deshumanización de la actual sociedad rusa (y por extensión, de cualquier sociedad occidental) a través de una pareja que vive una fuerte crisis que hace imposible creer que en algún momento se amaron y fueron felices. Zhenia (Maryana Spivak) y Noris (Aleksey Rozin) están esperando vender su piso para romper definitivamente su relación. Ambos ya han empezado una nueva vida con otra pareja y el mayor perjudicado de toda esta situación es su pequeño hijo Alyosa (Matvey Novikov), quien un buen día desaparece de casa después de una fuerte discusión entre sus progenitores.

El realizador ruso ya había utilizado un nucleo familiar enrarecido en su debut con El regreso (2003), ganadora del León de Oro en la Mostra de Venecia, en la que narraba el complicado reencuentro de un severo padre con sus dos hijos a los que apenas conocía. Juntos iniciaban un viaje imposible en el que la desconfianza de los chicos hacia su padre y el desafecto de éste simbolizaban también el deterioro de la sociedad rusa. Del mismo modo, en su anterior trabajo, Leviatan (2014), Zvyagintsev denunciaba un país dominado por la corrupción a todos los niveles -burocrático, político y religioso-. Una visión que le ha valido el sambenito de autor incómodo en su país, como tantos otros.

En Sin amor, el realizador vuelve a desplegar su mejor cinematografía, sobre todo en la filmación de grandes espacios abiertos. En este caso, Zvyagintsev enmarca la historia en un paisaje más urbano que en sus anteriores películas. Si bien el film resulta redundante en alguno de sus mensajes, la estructura argumental es realmente sólida y la historia que nos narra se nos presenta absolutamente creíble, circunstancia que da más valor a la despiadada crítica de la miseria moral y el egoísmo con el que los padres afrontan la búsqueda del niño. Además, el sufrimiento de este último se mantiene totalmente fuera de plano desde que escapa de casa, por lo que la crisis de valores de los adultos domina en todo momento el pulso narrativo. Como le comenta a Zhenia su nueva pareja, “no es posible vivir sin amor”, único momento en todo el film en que la película trata de mostrar un discurso algo optimista.

El único atisbo de esperanza, según el relato de Zvyagintsev, es el envidiable trabajo llevado a cabo por grupos organizados anónimos que se dedican a la búsqueda de personas desaparecidas sin aspirar a ningún tipo de recompensa, ante la inoperancia y pasividad de las autoridades. Su porcentaje de éxito es alto y en la película su intervención sirve para aportar algo de luz dentro de la deshumanización imperante.

En definitiva, el realizador ruso vuelve a poner el dedo en la llaga para destapar las vergüenzas de una sociedad enfermiza desde que se lanzó abruptamente al capitalismo. Su frialdad para captar momentos impúdicos y su gran capacidad visual y sonora para integrar la historia en abrumadores paisajes siguen brillando a gran nivel con el propósito de señalar despiadadamente a los sujetos de su historia. Brillante y firme candidata a la estatuilla a la Mejor Película de Habla No Inglesa en la próxima gala de los Oscars.

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