Posteado el 11 febrero, 2018 Por en Críticas con 161 Visitas

The Florida Project

THE FLORIDA PROJECT, de Sean Baker. 2017.

El color de la marginalidad

Es difícil encontrar un cineasta que tenga una capacidad tan innata de dar voz a los seres más marginados como lo hace Sean Baker. En sus películas, el realizador neoyorquino permite que sean los personajes invisibles al resto de la sociedad -prostitutas, inmigrantes ilegales, actrices porno…- los que cuenten sus propias historias. El cénit de su cinematografía lo alcanzó con la maravillosa Tangerine (2015), toda una joya indie convertida en película de culto en el que, con un presupuesto de apenas cien mil dólares y rodada con un iPhone, demostraba que era posible llevar a cabo una película comprometida y absolutamente fresca y divertida.

Su siguiente film, The Florida Project, sigue los pasos de una niña de seis años y sus amigos, que viven en el Magic Castle, un motel marginal en Florida, muy cercano a Disneyworld, rodeados por familiares y adultos que sufren severamente la crisis. Moonee (Brooklynn Prince) es el epicentro de una serie de episodios que tienen que ver con la comunidad de este motel dirigido por Bobby -un felizmente recuperado para la interpretación Willem Dafoe en la piel de una suerte de ángel de la guarda-. La película, por tanto, podría sufrir las inconveniencias de la típica “película con niño”, pero la interpretación de la pequeña actriz consigue hacer las delicias del público en general, acercando de forma más amable un producto en el que subyace una tremenda amargura.

Aunque en la primera mitad del film echemos en falta una mayor profundidad en la vida de los adultos y sus puntos de vista, la película sale mejor parada en este tramo, ya que en la segunda mitad, cuando Baker otorga mayor protagonismo a Halley (Bria Vinaite), la despreciable madre de Moonee, el film opta por el feísmo y no únicamente a nivel visual, lo cual supone un pequeño lastre para el conjunto final. La genial idea de la resolución final, con una grabación clandestina de la mano del mismo Baker en el Magic Kingdom real de Disney, consigue al menos levantarnos el ánimo y dejarnos con un mejor sabor de boca. Por tanto, aunque las virtudes de The Florida Project son incuestionables, el film no consigue emular la frescura que sí poseían las desventuras de Sin-Dee y Alexandra por las calles de Tinseltown.

Baker, amante de la fotografía digital, que también utilizó en la mencionada Tangerine, cuyo título provenía de la sorprendente tonalidad del cielo de los atardeceres en Los Angeles, trabaja aquí las localizaciones en un estado con una arquitectura muy peculiar, repleta de fachadas de llamativos colores. Esto le proporciona la oportunidad de construir un imaginario pictórico de alto nivel, donde la luz es parte fundamental de la imagen, aunque paradójicamente, lo que esconde la historia es mucha oscuridad y un mensaje claramente pesimista. Llama poderosamente la atención la falta de contenido musical en la mayoría del metraje -apenas transistores sonando en un alejado segundo plano-, un elemento que Baker siempre había cuidado hasta sus últimas consecuencias y que poco podíamos sospechar cuando -con toda la intención del mundo- suena Celebration de Kool & The Gang en los títulos de crédito iniciales.

En definitiva, The Florida Project hará las delicias de la parroquia indie y también de algunos recién llegados, respaldada principalmente en la autenticidad de una Brooklynn Prince que enamorará a propios y extraños. Las afueras de Disneyworld, donde vive la pequeña, sirven como estudio sociológico de todos aquéllos que viven al margen del American Dream sin posibilidad alguna de redimirse.

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