Posteado el 6 enero, 2018 Por en Críticas con 35 Visitas

Wonder Wheel

WONDER WHEEL, de Woody Allen. 2017.

Las vueltas que da la vida

Un infatigable Woody Allen -ya está ultimando su nuevo proyecto, A rainy day in New York– retrata en Wonder Wheel los años 50 en su ciudad fetiche, concretamente en el parque de atracciones de Coney Island, al sur de Brooklyn, en una película de corte dramático -incluso trágico por momentos- que evita de forma tajante la vis cómica que siempre está presente en sus producciones. Aunque nos venga a la memoria la infancia del personaje de Alvy Singer (Annie Hall, 1977), quien pasó su infancia viviendo bajo la montaña rusa Cyclone, es Blue Jasmine (2013) la película con la que Wonder Wheel presenta más similitudes, sobre todo por el acercamiento a sus personajes femeninos.

Sabemos que corre el año 1950 gracias al cartel de Winchester 73, de Anthony Mann, que se estrenó ese mismo verano. Los personajes no salen de Coney Island, están atrapados en un gran espacio exterior, a excepción de ocasiones puntuales como la escena de la pizzería en Brooklyn o el apartamento de Mickey en Greenwich Village. Como en las obras de Eugene O’Neill que Allen cita a través del libro que Mickey regala a Ginny, son personajes que viven en los márgenes de la sociedad y que luchan por mantener sus esperanzas y aspiraciones, aunque acaban cayendo en la desesperación.

Si Coney Island es un personaje más en la historia, un lugar que vivió su época de esplendor antes de entrar en decadencia, Kate Winslet es la protagonista indiscutible del film, con una interpretación solamente al alcance de las grandes, homenaje a Tennessee Williams incluído. Justin Timberlake intenta mantener el listón alto -con un logrado aire a actor clásico- en el papel del narrador, Mickey, un socorrista con madera de dramaturgo y escritor que trabaja en la playa de Coney Island. Mantiene un affaire con Ginny (Winslet), de la cual él es su última esperanza para tratar de escapar de un destino inevitable y superar la crisis de madurez ocasionada principalmente por un marido al que no ama -Humpty (Jim Belushi), un decadente ex-alcohólico que trabaja como encargado del tiovivo del parque- y por el pequeño Richie, un niño con tendencias pirómanas, fruto de su fracasado matrimonio anterior.

Las vidas de todos ellos se verán afectadas por la llegada de la hija de Humpty, Carolina (Juno Temple), una joven que huye de un marido mafioso y trata de empezar una nueva vida desde cero trabajando de camarera en el mismo bar de ostras donde lo hace Ginny. La joven se sentirá pronto atraída por Mickey, un amor que será correspondido y que provocará una profunda crisis en Ginny de consecuencias imprevisibles.

Woody Allen enreda la situación como acostumbra a hacer en sus comedias ligeras, pero en Wonder Wheel lo hace para enfrentarnos a una historia de infidelidades y traiciones con un poso especialmente amargo. El uso de la luz es vital para representar las emociones de los personajes, desde tristes claroscuros a irreales tonalidades de neón que son el reflejo de las luces del parque. El artífice de este genial trabajo es Vittorio Storaro, en su segunda colaboración con Allen después de Café Society (2016), quien nos deleita con una iluminación prodigiosa que combina una llamativa luz crepuscular con una llamativa luz de interiores.

La película es rematada con una escena que evoca a la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951) y que vuelve a dejar las cosas como estaban, al pie de esa gran metáfora de la vida de Ginny que es la inmensa noria que domina la geografía física donde vive y que da título a la historia, entendida también como una caprichosa ruleta de la fortuna.

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