Posteado el 20 enero, 2018 Por en Críticas con 218 Visitas

Wonderstruck

WONDERSTRUCK, de Todd Haynes. 2017.

Artesanía en una historia que carece de nervio

Todd Haynes vuelve a reunirse con sus habituales Edward Lachman y Carter Burwell para llevar a la gran pantalla el guión sobre su mismo libro de Brian Selznick, autor de la también adaptada La invención de Hugo (Martin Scorsese, 2011 ). La película nos cuenta de forma simétrica la historia de dos niños que comparten la ausencia de uno de sus progenitores, con la ciudad de Nueva York de fondo. Rose (Millicent Simmonds) es una niña sordomuda que sigue los pasos de su madre, Lillian Mayhew, una gran actriz del cine mudo de los años 20 interpretada por Julianne Moore, mientras que Ben (Oakes Fegley) sueña con conocer a su padre después de que su madre (Michelle Williams) haya fallecido en un accidente de tráfico en 1977, 50 años después de la historia de Rose. Ambos relatos convergen en el último tramo del film gracias a un cuidado y preciso trabajo formal que deja espacio para las emociones de una forma poco habitual en Haynes.

El realizador cambia de tono, acercándose a la fábula infantil y al cine familiar, lo que convierte esta película en la más asequible de su filmografía. Wonderstruck es un minucioso trabajo de orfebrería que deja patente una vez más la excelencia formal del cine de Haynes, pero que baja el nivel habitual por una falta acusada de nervio en la mayor parte del metraje, en la que la acción se centra únicamente en el viaje -tanto interior como físico- de ambos niños. Esto contribuye a parecer una historia alargada que acusa cierta sensación de artificio, pero afortunadamente la película remonta en el tercio final, cuando de nuevo la presencia de Julianne Moore interpretando otro papel y la aparición de una maqueta de Nueva York que se construyó a propósito de la exposición de 1964 nos brindan los mejores momentos del film, con una recreación animada que roza lo sublime. Es aquí donde prima, como metáfora del propio cine de Haynes, el trabajo artesanal que demuestra el amor por lo que uno hace.

La recreación de las dos épocas es excelente. En la ambientación en blanco y negro de los años 20 se usan técnicas propias del cine mudo, homenajeando al cine de David W. Griffith, que también aparecen en los años 70, ya en color, cuando Ben sufre un aparatoso incidente que lo deja sordo momentáneamente. Un incidente ocasionado por una tormenta que guarda relación con una de las películas donde Rose ve a su madre en la pantalla. La llegada del cine sonoro se refleja en un episodio de la vida de la niña, como el inevitable fin de un ciclo. El continuo homenaje al cine silente otorga más protagonismo a una omnipresente banda sonora del genial Carter Burwell, que nos ayuda a avanzar narrativamente por las imágenes, junto con temas de Robert Fripp y Brian Eno, David Bowie o Eumir Deodato.

Wonderstruck es una película que cuenta dos historias de forma perfectamente armoniosa, uno de los mayores logros de Haynes. Un trabajo donde la música y la fotografía brillan especialmente, y donde el realizador explora nuevos lugares como cineasta. El ejemplo más destacable tiene lugar a través del cuaderno que le entrega su abuela a Ben, el cual se visualiza con figuras, fotos recortadas y la mencionada maqueta del Panorama, donde la abuela ha escondido también objetos personales de su hijo, autor de uno de los dioramas del museo que aparece, sin saber por qué, en los sueños de Ben.

Haynes construye una historia acerca del afecto y el poder de la memoria, resultando en su película más abierta a todo tipo de público. Muy lejos de alcanzar la excelencia de su film anterior, Carol (2015), u otros trabajos sobresalientes como Velvet Goldmine (1998) o Lejos del cielo (2002), Wonderstruck es un trabajo que deslumbra en su forma pero que presenta cierta morosidad en su narración, provocando en algunos momentos cierto aburrimiento, algo impensable en el cine de Todd Haynes. Como fan declarado de su cine, no puedo esconder cierta decepción con este trabajo.

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